El aprendiz de alfarero

Hace algún tiempo, no muy lejos de aquí, conocí a un niño. Tenía siempre el pelo alborotado y negro. Los ojos grandes e inquietos. El corazón grande y generoso. Desde pequeño había pasado las tardes barriendo aquel taller de alfarería y siempre se enfadaba maldiciendo su suerte por no poder estar jugando con los demás niños.

Pero un día algo llamó su atención. Permaneció inmóvil y mirando al alfarero en silencio. Sin atreverse a decir tan siquiera una palabra. Jeremías, que así se llama el niño de esta historia, intentaba ver algo por encima de aquellos anchos y robustos hombros. Se quedó tan fascinado que le costaba trabajo cerrar la boca.

Con suavidad el alfarero le puso un trozo de barro entre sus manos. Pero por mucho que lo intentaba, el pequeño Jeremías no era capaz de hacer lo mismo que él. "En fin, sería cuestión de practica" parecía decirse a sí mismo. Y una y otra vez ponía las manos en el barro y hacía girar el torno hasta que salía alguna pieza más o menos aceptable. Pero no. Aquello no era ni mucho menos lo que esperaba conseguir. Pasaron los días y logró dominar el arte de modelar, pero faltaba algo...

Descubrió en las manos del alfarero una luz especial, un calor especial... cuando él ponía las manos en el barro lo hacía con toda el alma. Era capaz de hacer de aquel barro algo maravilloso. Era capaz de fundirse con aquel barro.

Por fin, Jeremías se dejó llevar, ya no le importaba que quedase bonito o feo. Ahora había que poner el corazón. Fundirse y ser uno con el barro. Sacar lo mejor que tenía dentro. Y con suavidad puso toda el alma en aquel trozo de  barro. Se dejó guiar por el maestro alfarero, dudando en ocasiones quién modelaba a quién, si él al barro o el barro a él...

Lo cierto es que aquel barro nunca volvió a ser igual, sin ser más que barro... y nuestro aprendiz de alfarero nunca volvió a ser el mismo, sin ser más que nuestro querido Jeremías.


Lectura del profeta Jeremías
El Señor se dirigió a mí y me dijo:  “Baja a la casa del alfarero y allí te comunicaré un mensaje.”  Yo, Jeremías, bajé y encontré al alfarero trabajando el barro en el torno. Cuando la vasija que estaba haciendo le salía mal, volvía a hacer otra con el mismo barro, hasta que quedaba como él quería. Entonces el Señor me dijo: “¿Acaso no puedo hacer yo con vosotros, israelitas, lo mismo que este alfarero hace con el barro? Vosotros sois en mis manos como el barro en las manos del alfarero

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