Explorando la catedral interior...


Pienso en la altura de las bóvedas. No puedo despegar la mirada de la altura y pensar en mis alturas interiores. De punta a punta los nérvios (¡Qué bien está elegida la palabra!) sosteniendo en estirada belleza entre pedazos de lo cóncavo y convexo. La eterna tensión que ensancha el alma, que inquieta los rincones escondidos y los recovecos por descubrir. 
Y en la solidez de los muros laterales, la necesidad de salir de la opacidad, pero sin dejar de ser estable. El miedo a perder la verticalidad del edificio interior. Una opción dispuesta a la esperanza, abriendo espacios de vacío, para que pueda entrar una luz coloreada al interior. 

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