Reflexiones en torno a unas vacaciones

En el fondo la pirámide maya de Chichén Itzá

Cuando en el siglo III a.C. Alejandro Magno llegó a las puertas del imperio indio dicen que se encontró con unos sabios medio desnudos, seguramente brahmines hindúes, con los que tuvo una entrevista acompañado de algunos sabios griegos. Habiendo sido Alejandro educado por el gran Aristóteles son muchos los que se lamentan de que no haya llegado hasta nosotros el contenido de aquel encuentro entre culturas.

En estos días en Méjico he visto el encuentro (algunos dirían encontronazo) entre la cultura maya y el antiguo imperio español; y también, el actual encuentro (encontronazo) entre la cultura mestiza mejicana y la actural cultura estadounidense. Desde el extremo más oriental de Asia, hasta América Latina siempre he encontrado, en los sitios más diversos, motivos de admiración, identificación con la cultura que visitaba y sentía en mí esa fascinación que a uno le llena de ideas y sentimientos tan propios que casi se reconoce en aquel lugar como en el suyo propio.

En el siglo III a. C. se vivía ya de forma evidente la crisis de la polis griega, apenas quedaba rastro del esplendor clásico y se imponía una nueva cosmovisión más global fruto de aquella primera "globalización" del helenismo impulsado por Alejandro. La confianza en los valores del grupo, de la polis, había hecho crisis y la búsqueda de la virtud dejó paso a la búsqueda de la felicidad. Esto caracterizó a estoicos, epicúreos, escépticos, cínicos...

Hoy como entonces, el contraste cultural nos enfrrenta a las preguntas fundamentales y puedo fácilmente imaginarme a aquellos que llamaron gimnosofistas intentando contestar a las preguntas de los griegos: "¿Vosotros cómo vivís? ¿Y así sois felices?" Y después comentarían entre ellos: "¿Podríamos nosotros hacer lo mismo?"

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