Reflexiones quijotescas III


§ «Quizás no deba olvidarme de que en cualquier lugar, en el sitio menos esperado, en el más olvidado, hay alguien que por soñador y bohemio vive solo (aun rodeado de familiares), acompañado por un paisaje triste y amarillo como los parajes de la Mancha. Alguien de por sí poco importante, pero con un corazón dispuesto para arreglar el mundo y con una cabeza llena de ilusiones y aventuras (quizá también de dolores). La verdad es que poco importa que su nombre sea Alonso, poco importa que su aspecto, curtido por el paso del tiempo, no fuese especialmente agraciado: cincuentón, espigado y flaco como el trigo sin grana, con los pelos desordenados y grises como el envoltorio de un bocadillo, con la frente labrada por el arado de los años, con los ojos hundidos y ojerosos, unos ojos melancólicos y enamoradizos de tanto dejarse llevar por el negro sobre blanco de aquellos que no pretenden sino huir del mundo galopando a lomos de la imaginación (que consigue lo que no logra la voluntad y lo que no permite la conciencia).

§ — ¿Qué tiene de malo dedicarse a vivir la vida a tope, amigo?
— Lo cierto es que nada de lo que hacemos me parece fuera de lo normal. A mí, todo esto no me parece aprovechar la vida, sino dejarla correr.
— ¿Y cómo se aprovecha la vida? ¿Quién dice que tal modo de vivir merezca más la pena que otro? Sin embargo, aún tú no te das cuenta de todo lo que nos espera. Experimentarás cosas sorprendentes, te sentirás como nunca te has sentido, encontrarás los límites del peligro, las lindes tortuosas del riesgo; y allí, amarás la vida.
— Pero, mi señor, no creo que merezca la pena hacer todas esas cosas, ¿por qué no podemos ser como todo el mundo? Divertirnos todo lo que podamos, trabajar de vez en cuando y tener un buen partido que nos espere con la mesa puesta.
— Y qué hay de mérito en ello. Eso, según dices, ya lo hace todo el mundo ¿no?»

§ Encarcelado por poeta, por cabezota y por creer en la justicia. Marginado y olvidado por todos. Con los ojos vendados. Pero yo abrumado y cohibido por los tonos oscuros de la esperanza desesperanzada de un creador asustado y malquerido. Sin embargo, las frases son magistrales, bailan tan bien las palabras este vals que parece un danzar eterno, siempre ahí, siempre ahí, siempre ahí. Sin principio y sin omega; pero ¿su origen?: ¿Apolo? ¿Dionisos? Culpable, seguro.

§ «— ...y tendremos que luchar con grandes monstruos. El peor de todos nos tiene encantados, su espíritu está siempre activo, mires donde mires no le verás nunca claramente; pero él nos controla: nuestros gustos, nuestras necesidades... se las sabe de memoria; es más, él es la razón de tales, amigo mío.
— Bueno, tampoco será para tanto. Además, ¿tenemos acaso prisa por encontrarle?
— No es una cuestión baladí esta de la que te estoy hablando. Mucha gente muere cada día víctima de la gran tela de araña y el resto nos quedamos impasibles. Esto sólo puede ser a causa de un encantamiento inabarcable que nos ha envuelto a todos imperceptiblemente y que nos dirige, o al menos lo intenta y lo logra muy a menudo. Aunque hay algunos que han logrado resistir.
— Pero este no es tiempo de creer en encantamientos. Yo sólo creo en el plato lleno, en una buena juerga, en la bronca que me va a echar mi futura como no saque algo de esta locura y en una coca cola fresca, que hace un calor de mil demonios.
— Tu quoque, amici..., ¿no te das cuenta de lo que estás diciendo?

§ Mis canas están cansadas de buscar argumentos, tesis, silogismos, pruebas y contrapruebas para lo evidente, para poder convencer así a la gente; pero al final no vale para nada y la amistad tranquiliza mis afectos pero no mi conciencia. No puedo estar sumido en el silencio cómplice e indiferente de la impotencia. Aunque sólo sea para seguir creyendo en lo que creo, para no caer yo también, debo gritar en alta voz, como si todo el mundo me escuchase.

§ ¿Se puede saber qué hago yo con este tipo? Todos me decían que no me podía pasar nada malo con don Alonso; pero me parece que tampoco nada bueno. ¿Se puede saber de qué me habla? Para mí que se le ha secado el cerebro. ¡Y encima no tiene ni un duro! Mañana mismo le digo que me vuelvo para casa..., que tengo muchas cosas que hacer..., que me están esperando..., ¡que no me apetece estar haciendo la mona y ya está!»

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