Microrrelatos (III): confesiones de un escribidor

Apenas pasaban unos minutos de las cuatro. En verano se duerme por el día. La noche estaba silenciosa y cerrada. Hacía demasiado frío para estar en pleno mes de agosto, pero allí todo el mundo estaba ya acostumbrado. En aquel piso alquilado se podía oler todavía el barato ambientador de pino. La plácida luna, oteaba desde lo alto la escena y se ponía colorada de vergüenza ajena. Era una situación de tensa espera. Todo el universo parecía reconocer que aquel instante tenía algo mágico, que había sido preparado con divina delicadeza. Sin embargo, nada parecía tenerle más atareado que aquellas malditas teclas... La pantalla aún seguía en blanco y el cursor aparecía y desaparecía como la intermitente luz de aquellas lejanas estrellas.

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