Para creer en el misterio de Dios

He visto a gente pasar frío en la calle,
tirados como una colilla que se barre.
He visto en la tele guerras de otros sitios
salvajes como pocas las de nuestro siglo.

He sentido las cifras de los muertos
y he visto rostros detrás de tantos ceros.
He sentido las iglesias vacías de niños
y llenas de visones, de caros abrigos.

He charlado con jóvenes-sin-sentido,
con la vida perdida y rancia sin motivo.
He charlado con ancianos apilados en asilos,
con el corazón solitario y abatido.

Pero también he visto gentes viven la vida a tope,
comprometidas con entrega absoluta,
saliendo a los caminos en busca de la oveja perdida,
gente que vive la prosa del día a día como un regalo.
He visto comunidades que comparten:
su vida, su fe, su misión y sus bienes,
convencidos por la utopía de la fraternidad del reino
viviendo al Dios trinitario —comunidad de amor—
y son felices.

He leído el evangelio, la historia de salvación y sus testigos:
Francisco de Asís, Vicente de Paúl, Juan de la Salle, Óscar Romero, Teresa de Calcuta...
He leído las filosofías, las teologías y los testimonios de fe
de los buscadores de la verdad.

He visto, he sentido, he charlado, he leído y... he callado...
(Entonces susurré en mi corazón)
Allí he encontrado a Dios
y he creído.

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