¡Una de indulgencias...! ¡Marchando!

El anuncio de Benedicto XVI de que la participación (comulgar, confesarse y orar por las intenciones del  Papa) en la JMJ otorga indulgencia plenaria, me ha hecho caer en la cuenta de que la mayor parte de los jóvenes católicos practicantes no conocen el significado de tal expresión.

Desde un punto de vista histórico, las indulgencias nacen para aliviar la pena (en la que se les apartaba de la comunidad, se les hacía vestir con piel de cabra y se les infringía sufrimientos antes de que pudiesen volver a vida normal de la comunidad) que se les imponía a aquellos que habían cometido pecados graves.

En la época medieval, se teologiza el concepto y se asocia con el sacramento del perdón. Así, ya se habla de una indulgencia parcial o plena (plenaria) para paliar no ya la pena terrenal, sino la purificación del purgatorio. A la par, se habla también ya  de la posibilidad de la omisión del cumplimiento de un deber cristiano gracias a la indulgencia concedida.

En la época de la Reforma, el agustino Martín Lutero se escandaliza ante la predicación de las indulgencias basada en el miedo a la condenación (purgatorio e infierno) y la campaña de venta de indulgencias como medio de financiación para la construcción de la basílica de san Pedro del Vaticano (la condición de la indulgencia ya no es un mérito o una devoción, sino una cantidad económica). Así pues, podemos afirmar que la doctrina de la indulgencias nos costó un cisma en el seno de la Iglesia. La Contrarreforma acaba con esta práctica de la venta de indulgencias, aunque sigue con la distinción entre el perdón de los pecados y la pena. Es decir, no acaba con la predicación del miedo a la pena.

 En la actualidad, el Código de Derecho Canónico define la indulgencia en los siguientes términos:

"La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos". (Código de Derecho Canónico de 1983, Libro I, Título IV, Capítulo IV, Canon 992)

Esto nos pone en la siguiente situación:
  • Hay que aceptar un imposible metafísico, pues en el ámbito de la eternidad (tras la muerte) no hay temporalidad, no se puede hablar el antes y el después, mucho menos de períodos de tiempo para pasar después a otro espacio en la eternidad no hay espacio. No hay ni dónde ni cuando. 
  • Hay que creer en un Dios rencoroso que aunque perdona no olvida 
  • Hay que creer en un Dios al que hay que hablandar el corazón haciendo méritos, peregrinaciones...
  • Hay que creer en una Iglesia que tiene el secreto de saber cómo perdona Dios.
  • Hay que optar por una pastoral del miedo.
No es de extrañar que, según el informe de la fundación Santa María "Jóvenes españoles 2010", 19,8% de los jóvenes españoles cree en la reencarnación, superando al 18,8% de los que afirman su fe en la resurrección de los muertos. Así pues, parece que la confusión ante la escatología es absoluta y parece va a seguir siendo así. 



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