El profeta anónimo


La fuerza expresiva de esta obra de Pablo Gargallo, de evidente influencia cubista (aunque no sólo), me ha atrapado desde siempre, ha generado en mí multitud de sentimientos (algunos de ellos encontrados) y me ha cuestionado algunos aspectos fundamentales: ¿Puede el profeta ser feliz?

El juego de la forma y el espacio, sugiriendo un ser que se vacía, con una expresión enérgica y un gesto firme que asusta a la par que causa admiración y genera una tremenda compasión. Es la experiencia de El profeta, porque 'profeta' es pro- (delante de) femí (hablar), es como si estuviese esperando tranquilamente en silencio y en el momento de acercarte ante la obra levantase el brazo y gritase con todas sus fuerzas mientras sostiene el cayado. Pero es una experiencia bastate lejana a aquella que el mismo Freud admitía: no lograba sostener la mirada al Moisés del maestro Miguel Ángel y tenía que escabullirse entre las oscuras naves de la iglesia de san Pietro in Vincoli en Roma. Ante El Profeta de Garagallo la experiencia estética no es sólo recepción, es más bien de identificación a la par que de recepción; porque, aunque de indudable tradición bíblica, estamos ante un profeta anónimo que está esperando a tener nombre...
 Libro de Jeremías

“Antes de darte la vida, ya te había yo escogido; antes que nacieras, ya te había apartado y te había destinado a ser profeta de las naciones.”

Yo contesté: “¡Ay, Señor! ¡Yo soy muy joven y no sé hablar!”

Pero el Señor me dijo: “No digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande y dirás lo que yo te ordene.  No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra.”

Entonces el Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo: "Yo pongo mis palabras en tus labios. Hoy te doy plena autoridad sobre reinos y naciones, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, y también para construir y plantar.”


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