Microrrelatos (V): Los renglones torcidos

Algo en su interior le decía que no debía preocuparse por su error de principiante. Se había pasado la salida de la autopista, pero no era tan grave. De todos modos, tampoco iba a perder tanto tiempo en encontrar de nuevo el camino adecuado, para eso tenía su flamante navegador GPS de último modelo. "Recalcular ruta", se oyó con cierto tono metálico y, sin embargo, sonaron a palabras de consuelo. Por aquellos caprichos inescrutables de la tecnología, aquellas fueron sus útlimas palabras...

El calor se instaló en la frente. El nerviosismo en la punta de los dedos de las manos. La inquietud en los pies. La duda en sus recuerdos: ¿qué ponía en aquella nota manuscita, al margen de todas aquellas cosas tan importantes? Y, en apenas un instante, estaba en un pueblo de esos de postal: bello y pintoresco, pero... ¡sin cobertura! No le quedaba más opción, tenía que apearse de la seguridad de su coche, poner pie en tierra y recorrer las calles en busca de alguien que le pudiese decir dónde estaba y en qué dirección continuar su viaje. 

Apenas había caminado cincuenta metros, cuando creyó ver a alguien al final del callejón. Aceleró el paso aliviado y decidido; pero a medida que se iba acercando, otro tipo de nerviosismo y emoción le iba embargando. Sus pasos se fueron haciendo más lentos y cadenciosos. Benditos los errores que le habían llevado hasta aquel rincón del mundo -pensó para sí-. Tenía ante él a su futura esposa.

Dios escribe recto con nuestros renglones torcidos; así pues, no nos empeñemos tanto en tener una perfecta caligrafía, como en permitir a Dios tomar la pluma.

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