De la primavera árabe al otoño europeo (Visto y oído)

Estos días nos comentaban en Túnez (allí comenzó la primavera árabe) que aún se sienten los coletazos de la reciente revolución social. Se ven numerosos controles policiales por las carreteras y más alambre del espino del habitual en el paisaje urbano, y no ha pasado un mes desde que se eliminó el toque de quda. Sin embargo, se nota cierto tono de orgullo al hablar de los hechos recientemente sucedidos. Por las noticias, todos sabemos que han conseguido echar al dictador del país y que tendrán de nuevo elecciones para ir vertebrando el Estado. Pero, ¿era este el objetivo de los tunecinos? Parece que la expulsión de la familia presidencial ha sido más bien una consecuencia de algo mayor. Todo comenzó cuando el joven tunecino Mohamed Buazizi se prendió fuego para denunciar la humillación a la que le sometía el régimen, que le había quitado su único medio de subsistencia, un puesto ambulante de frutas y verduras. Sólo querían, pues, mejorar su modo de vida (sobre todo, a nivel laboral)  ¿Cuál era su objetivo? ¿Qué más han conseguido entonces? Ahora ya tienen derecho a descansar un día a la semana, a tener una jornada de ocho horas, a tener 21 días de vacaciones, prestación por desempleo... es decir, justo todo lo que ahora vemos peligrar en España: los derechos laborales. 

Espero que la historia de las gentes no sea un mero paso de una estación climática a otra, pero parece claro que el invierno terminó en Túnez y se pasó a la primavera gracias a la lucha mantenida en las calle durante largo tiempo. Por eso, si  no queremos que este otoño se recrudezca y dejemos en herencia un largo invierno, es momento de pasar a la acción. Hay que cambiar las cosas. Los tunecinos nos han demostrado que es posible, que el poder no es invulnerable a la calle, que sí se puede.


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