Una persona que nunca olvidaré

Comienza su relato personal con una franqueza aplastante. "Tengo 40 años y llevo más de veinte con las drogas"  Sólo dejé de drograrme mientras tuve a mi hijo, nos dice. Su rostro refleja un mundo interior inabarcable. Su gesto tranquilo y su mirada amable tras esas gafas nuevas. Es difícil seguir sus palabras "La droga me dejó tocada y no puedo controlar la lengua, por eso hablo mal y me cuesta expresarme. Soy lenta pensando". Contenemos la respiración, es territorio sagrado. "Mi padre era alcohólico y me trataba mal, me ataba y eso; pero acabé con otro alcohólico con el que tuve a mi hijo...". Nos cuenta cómo pasó de los porros y el alcohol, a las pastillas y la cocaína, hasta que no tuvo dinero y se pasó a la heroína. Paso a paso, cómo se iba enganchando. Cómo iba cayendo al pozo. Cómo se jugaba la vida para ir a los poblados a por su dosis y la policía la esperaba a la puerta (ríe) Cómo perdió los dientes, cómo se cortó las venas (mientras muestra sus brazos) y caminaba por la carretera esperando que alguien la matase. "Tuve que tocar fondo. Estaba muy mal". Cogí hepatitis y aún no sé como no pille el sida. Estaba por ahí tirada mientras me duraba el efecto del chute, no tenía a nadie. Luego tocaba la flauta y andaba por la calle... me conocía todo el mundo... Pero "nunca me drogué delante de mi hijo", nos recuerda.

Intentó quitarse de la droga en varias ocasiones (Proyecto hombre), pero no podía con el "mono" (y nos describe, aprentando los ojos, cada una de las sensaciones físicas llenas de sufrimiento que parece revivir) Llegó a estar atada en un psiquiátrico y también en la cárcel un mes, por un bolso. "Verdaderamente toqué fondo" Finalmente, nos dice, pedí ayuda:: "Cáritas me ha ayudado muchísimo", para poder entrar en esta casa tenía que dejar de consumir (con periódicos análisis de orina), y tras varios intentos con la metadona, al final parece que es definitivo, bajando miligramo a miligramo la dosis (dos años) y lleva casi un mes sin nada (estuvo quince días con placebo). Ahora su sueño es volver a estar con su hijo, "lo único que tengo".

La gente del campo de trabajo, visiblemente emocionados, la damos un aplauso y la agradecemos este compartir, su valor y su fuerza; pero ella, con una sonrisa dibujada en su rostro, se dirije a su habitación.

No sé si la volveré a ir a aquella casa, pero yo guardo su nombre en mi corazón y siento como si hubiese escuchado en ese relato personal, por boca del mismo Jesús de Nazareth, el relato de viernes santo. Y espero confiado que sea relato pascual.

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