El pecado de la Iglesia

La debilidad humana y la insuficiencia pecadora, la pequeñez, la ceguera, la falta de valentía para asumir las exigencias de la hora actual, la falta de comprensión ante las necesidades del tiempo, ante sus tareas y tendencias de futuro... todas estas formas de conducta muy humanas son también las formas de conducta de las autoridades y de todos los miembros de la Iglesia y ellas influyen también... en aquello que la Iglesia es y hace.

Si alguien quisiera negar esto o disimularlo o quitarle importancia o decir que ésta ha sido sólo una carga o defecto de los primeros tiempos de la Iglesia, superada ya en la actualidad... si alguien pensara así, estaría dejándose llevar por una ceguera enloquecida y por un orgullo clerical, por un egoísmo de grupo y por un culto a la personalidad que es propio de un sistema totalitario, que no conviene en modo alguno a la Iglesia en cuanto comunidad de Jesús manso y humilde de corazón... [La Iglesia] frecuentemente no tiene el coraje de mirar el futuro como futuro de Dios, igual que ha experimentado el pasado como de Dios también. Con frecuencia glorifica su pasado, y mira el presente (allí donde no lo ha hecho ella misma) con ojos equivocados, condenándolo demasiado fácilmente. Con frecuencia... avanza lentamente en cuestiones de ciencia... y en el siglo XIX y XX ha dicho con demasiada rapidez que no, cuando hubiese podido decir ya antes un sí, desde luego matizado y distintivo. Ha estado con más frecuencia por los poderosos y se ha hecho demasiado poco abogada de los pobres. Ha dicho su crítica a los poderosos de esta tierra demasiado suavemente, de tal manera que más bien parecía como si quisiera procurarse una coartada sin entrar de veras en conflicto con los grandes de este mundo. Se mantiene muchas veces más con el aparato de su burocracia que con el entusiasmo de su espíritu... en los portadores del ministerio ha cometido con frecuencia injusticias contra santos, pensadores, contra los que preguntan dolorosamente, contra sus teólogos que querían sólo servirla incondicionalmente. 

(K. Rahner Escritos de Teología, V, p. 24-25).

(Friburgo de Brisgovia, 1904-Innsbruck, 1984) Teólogo alemán, nacionalizado austríaco. Jesuita en 1922, se doctoró en filosofía con una tesis sobre Espíritu en el mundo (1939), que pretendía revitalizar, en contacto con el pensamiento de Heidegger, la metafísica tradicional. Con posterioridad, su pensamiento se extendió a todo el campo teológico (cristología, eclesiología, sacramentos, ecumenismo, acción política, vida religiosa, espiritualidad, cristianismo anónimo). Enseñó, con proyección internacional, teología dogmática y filosofía de la religión en Innsbruck, Viena, Munich y Münster. Fue designado teólogo consultor del Concilio Vaticano II y miembro de la Comisión Teológica Internacional. Entre sus numerosas obras cabe destacar Oyente de la palabra (1945), Escritos de teología (1954-1975) y Curso fundamental sobre la fe (1977)

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