Proyectos pastorales: qué sí y qué no



Artículo escrito por Jesús Rojano  
Coordinador de Pastoral en la obra Salesianos-Atocha (Madrid) 

Si no sabes a dónde vas,
acabarás en otra parte

Laurence J. Peter (1919-1990 ), poeta canadiense


1. El problema de la mañana del día siguiente

Cuenta Peter Berger en su sugerente libro Una gloria lejana[1] que las grandes religiones de la Humanidad o sus movimientos importantes de reforma han nacido de una experiencia luminosa y arrasadora, casi apabullante, vivida por un grupo reducido de personas –a menudo una sola- y que tiene lugar de noche. “De noche”, es decir: fuera del ritmo normal diario; cuando el mundo está detenido y se puede dedicar todo el tiempo a encontrarse cara a cara con esa Presencia que todo lo funda y abarca; a escondidas y al margen de la sociedad y sus instituciones… En efecto, de noche:
·         tuvo lugar la primera pascua liberadora de la esclavitud,
·         se retiraba Jesús a orar  y descubrir la voluntad de su Padre,
·         se celebró la Cena que rememoraría la nueva Pascua, doce siglos después de la primera,
·         se gestó el primer amanecer de un mundo nuevo y resucitado en Jesús,
·         y además a oscuras, Juan de la Cruz se encontraba con la Fuente que mana y corre…
·         también Buda o Mahoma experimentan de noche (o lo que es equivalente, en la meditación en soledad y apartados del ritmo diario) un rastro de esa Presencia que les cambió la vida.
Por cierto, ¿también por eso de noche se apartan los jóvenes de la sociedad y buscan un cierto sentido a su vida en ese perderse y evadirse de lo cotidiano que no les llena, aunque luego sea peor el remedio que la enfermedad? Quizá comparten la pregunta de Jesús, de Buda, de Mahoma… (“esta vida tan gris, ¿cómo va  a llenar?”) pero no sus respuestas vitales (hay Alguien que da sentido a todo) y así se desemboca en imitaciones baratas del perderse/olvidarse dionisíaco… Dejémoslo aquí, pues no es nuestra tema en este artículo.
El caso es que en aquellas experiencias luminosas se vive de la pura experiencia del Espíritu. No hace falta estructurar nada. El problema vendrá, por ejemplo, cuando los judíos tengan que atravesar de día el desierto y la noche de la liberación empiece a ser sólo un lejano recuerdo; o cuando Jesús ya no esté en medio de ellos y los discípulos se queden tan solos… ¿Cómo vivir, en medio de la rutina de los días normales, de lo que fue la experiencia inicial? ¡Ese es el problema de la mañana del día siguiente! La experiencia original empieza a quedar lejana. ¿Y si todo fue una ilusión? ¿Y si la noche nos confundió y no éramos tan realistas como de día, que todo se ve distinto…? ¿Y si la experiencia nocturna que nos ha sido narrada estaba afectada de “esa confusión de  las noches en que todos los gatos parecen pardos” (la expresión es de Hegel)? ¿Y si…?
Según Peter Berger, sólo con una mínima estructuración e institucionalización se puede afrontar el poder devastador de la rutina de la mañana del día siguiente.  En la Pastoral Juvenil el problema del día siguiente no es uno más… Quizá sea el problema. ¿Qué pasa, por ejemplo, con este grupo que celebró con pasión la Pascua y quince días después interrumpe sus reuniones o sus recién abrazados compromisos? ¿Por qué de estos veinte jóvenes confirmados en mayo sólo hay tres que inicien el grupo de postconfirmación en septiembre? ¿Por qué este chico/a que viene de hacer medio año de voluntariado en un país africano no quiere saber nada de comprometerse en su barrio o parroquia tras su regreso? La respuesta es la misma en todos estos casos: ¡el problema de la mañana del día siguiente! El recuerdo de las experiencias decisivas y alucinantes (fueron sus palabras entonces y seguramente eran sinceras) de la Pascua, de la confirmación o de los meses en África parece que “duran los que dos peces de hielo en un whisky on the rocks” (Joaquín Sabina dixit).



En realidad, nos dice Berger, “no existe plausibilidad sin la adecuada estructura de plausibilidad"[2]. Si una comunidad religiosa naciente se dota de una mínima estructura que le dé continuidad “al día siguiente”, quizá logre dar un marco de referencia a lo que al principio fue una experiencia luminosa pero aislada o minoritaria, y pueda así hacer disponible a más personas la experiencia original de su fundador[3]. En ello se ha basado la transmisión de la fe cristiana durante siglos.
Pues bien: ¿por qué tomarnos la molestia de elaborar, redactar, aplicar y evaluar proyectos pastorales? Precisamente para tratar de afrontar en la acción pastoral el problema de la mañana del día siguiente. O lo que es lo mismo: para intentar pasar de una pastoral de acciones puntuales a una pastoral de procesos. Nadie garantiza el éxito de una comunidad pastoral que hace un proyecto pastoral, sobre todo tratándose de Pastoral Juvenil. Pero lo que sí es seguro es el fracaso a medio y largo plazo del que trabaja sin proyecto.
Así pues, la programación pastoral mediante proyectos ofrece esa posibilidad de institucionalización (en el mejor sentido de la palabra, que también lo tiene) que permita consolidar y continuar lo vivido en ciertas experiencias-cumbre que son, por supuesto, imprescindibles. Los alérgicos a los proyectos, que empiezan a abundar, identifican estos con la letra que mata frente al espíritu libre que da vida. Según ellos, Jesús de Nazaret no necesitó ningún proyecto. Sin embargo, ¿qué es el mensaje y la praxis de Jesús del reino de Dios sino su proyecto? El autor de la Carta a los Hebreos nos presenta el proyecto pastoral de Jesús con una sola frase: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. ¿Un Jesús que improvisaba sobre la marcha? ¡No es verdad!
No obstante, es un hecho innegable el malestar y cansancio de muchos agentes de pastoral respecto a los proyectos. ¿Por qué nos cansamos de este instrumento que de entrada es imprescindible…?

2. ¿Qué (nos) está pasando?

En efecto, creo no exagerar al afirmar que desde hace tiempo se percibe un clima de decepción a la hora de confeccionar y escribir proyectos pastorales, que se concreta en una molesta sensación de dejà vu: “Esto ya lo sabemos, esto lo programamos y luego nada… En fin, puesto que hay que hacerlo y es un marrón más que hay que quitarse de encima, despachémoslo rápido…”
Vamos a describir una serie de causas que provocan esta situación, no para desanimar a nadie, sino para intentar atajar esas circunstancias en la medida que podamos.

2.1. Sensación de saturación de papeles

Contaba ya hace tiempo Jean Baudrillard que un símbolo de nuestra cultura es la saturación e invasión de información que se nos viene encima como una avalancha desordenada sin posibilidad real, por falta de tiempo y ausencia de hilo conductor, de asimilación racional[4]. Desde hace años, en muchas comunidades pastorales se recibe entre septiembre y octubre una auténtica montaña de papeles: el proyecto o programación  de la diócesis y de la propia provincia religiosa; el proyecto pastoral de la parroquia y del arciprestazgo; el proyecto de la escuela o colegio; el proyecto del Centro Juvenil o de los grupos de catequesis; a todo ello se añade el plan trienal o quinquenal que sigue en vigor… Por si esto fuera poco, aumentamos la confusión citando con siglas todos esos documentos, dando lugar a un auténtico lenguaje críptico sólo apto para los muy iniciados. Por citar el ambiente en que se mueve el que esto escribe: PEP, PAI, PEPSI, PGA, PE, PECJ… 
¿Qué pasaría si un año no escribiéramos otro proyecto más a base de cambiar fechas y líneas de acción en el ordenador y nos tomamos tiempo de descanso o barbecho en vez de hacer un suma y sigue de proyectos?, ¿y si simplificamos nuestros proyectos escritos?, ¿y si hiciéramos caso por una vez a Guillermo de Ockam y a su recomendación de no multiplicar los entes sin necesidad…? Son sólo sugerencias para desmontar esa sensación de agobio y saturación.

2.2  Ni ver, ni juzgar, ni actuar…

A mediados del pasado siglo se consolidó en las comunidades pastorales la adopción, con modificaciones más o menos ligeras, del método de revisión de vida de la JOC (Juventud Obrera Católica): VER – JUZGAR – ACTUAR. Incluso el Vaticano II en la Gaudium et Spes y Juan Pablo II en sus encíclicas sociales lo emplearon. Y, básicamente, es el método de los proyectos pastorales: partir de un análisis de la realidad (VER), plantearse unos objetivos adaptados a los destinatarios y en coherencia con el evangelio (JUZGAR) y programar unas líneas de acción concretas y mensurables (ACTUAR).
Este modelo de proyectar en tres grandes pasos sigue siendo válido (creo que es el modelo válido). Sin embargo, sólo es efectivo si se trabaja con coherencia y rigor en los tres pasos:
a) Muchos proyectos parten de un deficiente VER: ¡cuántos análisis de la realidad que se limitan a recitar cuatro tópicos que están en la boca de todos! Serrat cantaba hace mucho que “uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer  un tipo que un día fue feliz. Y me han dicho que dicen que dijo…”. Del mismo modo, con constataciones de tercera o cuarta mano, proceden nuestros análisis de la realidad con frecuencia, frutos de la prisa y de la comodidad más que de un abrir los ojos con honestidad a las realidades que no rodean y habitamos.
b) A la hora de JUZGAR la realidad analizada para proponernos objetivos evangélicos, ¿desde dónde juzgamos y proponemos? ¿Nos limitamos a frases bonitas, a cortar y pegar de acá y allá…? ¿Qué tenemos en la cabeza en este momento decisivo del proyectar…? Aquí se muestra lo cristiana –es decir seguidora de Jesús- que es de verdad una comunidad pastoral.
c) El apóstol Santiago (“la fe sin obras está muerta”) y el mismo Jesús (“por sus frutos los conoceréis”; “si no creéis en mí, creed al menos las obras que hago”) ya sabían que las actuaciones concretas son las que dan cuenta del interior de las personas (y, por tanto, del nervio central de cualquier proyecto pastoral). Tomás de Aquino diría siglos después que “el obrar (o hacer o actuar) sigue al ser”[5]. Sin embargo, con demasiada frecuencia al ser de nuestros proyectos escritos no le sigue un actuar coherente… sino el olvidar, guardar y acumular polvo en las estanterías… ¿No será por las incoherencias y por la pereza mental con que damos los dos primeros pasos –ver y juzgar- por lo que  no llegamos frecuentemente a poner en práctica lo proyectado…? Y es que “lo decisivo en la vida no es lo que hacemos y organizamos, sino lo que somos”[6]. Cuando desconfiamos de los proyectos y decimos que no valen para nada porque no se llevan a la práctica… ¿no será la culpa de un déficit nuestro en el ser que se manifiesta luego en lo que hacemos y más aún en lo que dejamos de hacer…?

2.3. Parole, parole, parole…

La primera página de la Biblia nos describe el poder de autorrealización de la palabra de Yahvé (Dabar): “Hágase la luz… y la luz se hizo”. Al escribir proyectos, con frecuencia olvidamos que Dios no hay más que uno, y desde luego no somos ninguno de nosotros. A veces da la impresión de que creemos que basta con poner unas palabras escritas en un papel para que ellas solas se cumplan; o que basta escribir un deseo para que mágicamente se realice, como si nuestras palabras escritas fueran las de Dios...
Vivimos en una sociedad que hace tiempo que sabe que “las palabras se las lleva el viento”, que estas tienen un valor muy relativo, pues hoy para muchos palabra de honor es sólo ya el nombre de un escote atrevido. En Navidad de 2004 las calles de Madrid se llenaron de letreros luminosos llenos de frases sin sentido, confeccionados con palabras yuxtapuestas sin ton ni son. Era –nos dijeron- una obra de arte netamente posmoderna de la artista austriaca Eva Lootz, plasmación del grado máximo de la deconstrucción derridiana del lenguaje. El único sentido de aquellas frases era precisamente no tener ningún sentido… es decir, una apoteosis del absurdo como negación del valor de la palabra humana… Y justamente ahora, estando así las cosas, nos da por escribir proyectos llenos de grandes palabras que creemos que van a ser eficaces sólo por ser escritas en un papel. Todos conocemos proyectos pastorales que escriben como “modesto” y “sensato” objetivo el de lograr una maduración humana y cristiana de los jóvenes de nuestra parroquia o colegio, y al año siguiente ese objetivo (que daría para toda una vida) ¡se da por conseguido y se escribe otro totalmente distinto! ¡Qué de hermosos documentos archivados en el limbo de las ideas olvidadas y nunca puestas en práctica en los últimos 30 años…!
Así pues, busquemos una mayor austeridad de palabras en los proyectos y no demos por supuesto que lo escrito, sólo por escribirse, ya se cumple. Debemos tener en cuenta las palabras de Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, que escritas en 1975 son quizá hoy más urgentes que entonces: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, y si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio “ (EN 41). 

2.4. El valor de la repetición

A aprender se aprende nadando, a dividir haciendo divisiones… El camino de la maduración humana y cristiana de las personas pasa por la repetición de formas de vivir, pensar, celebrar, compartir… Esencialmente por ello hacemos y necesitamos proyectos. Sin embargo, el ser humano occidental de hoy, especialmente los jóvenes, encuentra poco atractiva la repetición: se aburren, es “un rollo”… Se quieren vivir (casi siempre más bien consumir)  experiencias siempre nuevas.
Hace mucho, el pensador danés Soren Kierkegaard dedicó un delicioso libro al estudio de este problema: el pánico hacia la repetición y lo imprescindible que esta es para todo lo que merece la pena. En él nos describe a un joven que se ha enamorado de una chica y ha iniciado con ella una relación prometedora. Sin embargo, por miedo a que el amor se extinga después en la rutina de la convivencia diaria, prefiere abandonarla para pasar a otras relaciones fugaces y no comprometidas, transformándose en un Don Juan. Serrat expresaba casi la misma experiencia en la letra de una de sus canciones: “Porque la quería se fue para siempre, quiso poner a salvo aquella imagen. No confió en ella y quiso asegurarse”. Kierkegaard describe así el problema del joven: “Su error era irremediable. Y este error suyo consistía en creer que ya había alcanzado el fin sin haber comenzado todavía. Un error semejante constituye, fatalmente, la ruina del hombre”[7].
Con frecuencia los proyectos pastorales que hacemos nos decepcionan por eso mismo, por querer cambiarlos o dejarlos cuando apenas hemos comenzado a llevarlos a la práctica. Nos traiciona el deseo de buscar la novedad por la novedad, que es el mito moderno del continuo progreso (“el progreso, ese paganismo de los imbéciles”, escribió una vez el poeta francés Baudelaire).
En definitiva, como dice el moderno capitalismo japonés por otras razones: “Si todavía funciona, ¿por qué lo cambias?”. Redescubrir el valor de la repetición, de la consolidación por reiteración constante y perseverante de experiencias humanizantes, es una de las claves para afrontar hoy el problema de la mañana del día siguiente. 

2.5.  El peligro de convertirse en estatua de sal

No obstante, no debemos confundir la repetición saludable de experiencias positivas con la fosilización o el estancamiento, que es el lado oscuro de la institucionalización: “¡Aquí es que siempre se ha hecho así!” es una de las frases-síntoma que indican que una comunidad pastoral mira exclusivamente al pasado y se está convirtiendo en estatua de sal por mirar atrás, como la mujer de Lot (cf. Gn 19, 26). Nos recuerda Peter Berger que las experiencias vitales de muchos profetas de Israel fueron domesticadas y descafeinadas al ser absorbidas e institucionalizadas en un santuario o templo: “Como no podemos deshacernos de ellos, pongámoslos en nómina”[8].
Saber navegar entre estos dos escollos (la búsqueda compulsiva de la novedad constante y el estancamiento en una repetición fosilizada y compulsiva de lo mismo cuando ya no sirve) es un criterio clave para lograr una mayor eficacia y coherencia de los proyectos pastorales. En definitiva, no olvidemos estas tres frases y la mentalidad que resumen:
- “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo” (Albert Einstein).
- “En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento” (de nuevo Einstein).
- “El vino nuevo se echa en odres nuevos” (Mateo 9, 17)

2.6. El  olvido del principio teándrico

El recientemente desaparecido Casiano Floristán insistía[9] en que los resultados de toda acción pastoral no dependen sólo de un sujeto (la comunidad pastoral que proyecta y realiza, formada por seres humanos -andros-), sino de dos. El segundo y principal sujeto es Dios –Theos-. Evitaremos muchos disgustos y frustraciones si no olvidamos que esto es así. En algunas escuelas cristianas, por ejemplo, se intentan aplicar, con buenas intenciones, los métodos de procesos de calidad también a la acción pastoral, y si esto se entiende mal se puede caer en conclusiones ridículas: ¿acaso negaremos el certificado de calidad a Dios o a su Espíritu por haber hoy menos conversiones, menos vocaciones, menos convicción en el seguimiento de Jesús…?
Ya Jesús dejó zanjado este tema con estas palabras (mucho más liberadoras de lo que nos creemos): “Vosotros, cuando hagáis todo lo que os he mandado, decid: Siervos inútiles somos, porque hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17, 9).  Ignacio de Loyola, con su habitual sentido práctico, lo resumió así: “Haced como si todo dependiera de vosotros, pero esperad como si todo dependiera de Dios”.
Así pues, en último lugar pero no por ello menos importante, que dirían los ingleses (last but not least), debemos recordar que aceptar con más corazón evangélico las sorpresas y la libertad del Espíritu es otra de las claves para saber relativizar y flexibilizar nuestros proyectos pastorales.

3. Elementos de un proyecto pastoral

Para terminar, recordaremos (muy brevemente, por razones de espacio), los elementos que debe incluir un buen proyecto pastoral. No debemos olvidar la reticencia al hecho de proyectar en sí que hoy se da, y que deberemos afrontar y trabajar en nuestros ambientes a la hora de proyectar (no será tiempo perdido, sino ganado, el dedicado a reflexionar sobre la necesidad de hacer un proyecto antes de ponerse directamente a pensarlo y redactarlo). El sociólogo Zygmunt Bauman describe bien estas reticencias en este párrafo de una obra reciente: “En un mundo en donde se practica la falta de compromiso como estrategia vulgar de la lucha por el poder y de la autoafirmación, hay pocas cuestiones (en caso de que haya alguna) que se pueda predecir, sin temor a equivocarse, que van a durar. Por tanto, el “presente” no está unido al “futuro”, y no hay nada en el presente que nos permita adivinar, ni mucho menos visualizar, la forma de las cosas por venir. El pensamiento a largo plazo (y aún más las obligaciones y compromisos a largo plazo) se perfila efectivamente como “sin sentido”. Todavía peor, pensamiento, obligaciones y relaciones a largo plazo parecen contraproducentes, categóricamente peligrosos, un paso insensato, un lastre que hay que tirar por la borda y que en primer lugar hubiera sido mejor no subir a bordo”[10].
Casiano Floristán, en la importante obra de referencia ya citada, resume así los elementos esenciales a la hora de hacer el proyecto: “Para elaborar el proyecto pastoral es necesario tener presentes cinco cosas esenciales: 1) El análisis de la realidad en la que se encuadra la comunidad, el movimiento cristiano o la parroquia; 2) Una línea teológica sencilla en forma de opciones con una traducción pastoral; 3) Un diagnóstico de la comunidad claro, realista y concreto, teniendo en cuenta los efectivos humanos y su distribución; 4) El objetivo general, y los objetivos particulares y concretos si los hubiese; 5) El calendario litúrgico como cuadro de referencia para insertar las acciones, reuniones y celebraciones”[11].    
Podemos encontrar un buen resumen del modelo clásico en tres pasos (más un cuarto añadido de evaluación) en un artículo de Francisco Javier Calvo sobre Planificación pastoral[12]. Citamos sus subtítulos porque dan idea de su esquema-base: 1) Analizar la situación; 2) Determinación de objetivos: 3) Formulación de programas de actividades en los diversos campos; 4) Revisar y evaluar la acción, según etapas, en los tiempos fijados. 
En la tradición salesiana, desde la que están escritas estas líneas, se ha ido llegando a un esquema de proyecto que puede ser válido como esquema general para cualquier comunidad pastoral. En este esquema se desarrollan un poco más los tres momentos (VER – JUZGAR – ACTUAR) de que venimos hablando, que Ignacio Ellacuría transformaba, con vocabulario sugerente inspirado en Xavier Zubiri,  en: Hacerse cargo de la realidad, encargarse de la realidad y cargar con la realidad. El esquema anunciado es el siguiente[13]:
 1. Un Análisis de la realidad que toma como punto de partida los retos que los jóvenes lanzan hoy a la Iglesia (retos en el doble sentido de problemas y posibilidades).
2. Explicitar los criterios, opciones, metodología y objetivos concretos de la comunidad pastoral que proyecta:
2.1. Criterios teológicos:
a) La dinámica de la Encarnación como método y contenido (Cristo se encarnó en la realidad humana; nosotros hoy en el mundo juvenil…)
b) La prioridad de una evangelización en que anuncio y testimonio caminan unidos
c) Confianza en la Educabilidad en y a la fe (y por tanto en los procesos y en las mediaciones del animador, de su comunidad pastoral de los grupos), explicitada en cuatro dimensiones de la persona del joven: educativo-cultural; educativo-evangelizadora; asociativa-social; vocacional.
2.2. Opciones:
a) Partir de la vida del joven, ofreciendo el evangelio como buena noticia que la llena de sentido
 b) La comunidad pastoral como sujeto de la misión
c) Opción por la animación como camino pedagógico.
2.3. Metodología:
Una mentalidad proyectual, que se plasma en objetivos que se van adaptando y enriqueciendo, pues el proyecto no es un papel sino un proceso.
3. Momentos de intervención educativa:
a) programaciones con actuaciones concretas
b) Elaboración de Itinerarios por etapas
4. Revisión y Evaluación
Una de las películas de la serie sobre el joven mago Harry Potter concluía con esta sabia reflexión de su maestro, el director del Castillo-academia de magia: “Se acercan tiempos difíciles, Harry, en que tendremos que elegir entre lo fácil y lo correcto…”. Pues eso mismo cabría decir hoy de la comunidad pastoral que afronta la confección y realización de un proyecto pastoral. Ojalá sepamos elegir el estrecho camino de lo correcto… entre otras cosas porque el esfuerzo merece la pena.

BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA

C. FLORISTÁN (dir.), Teología práctica, Sígueme,  Salamanca, 2002, (especialmente pp. 372-392).
J. E. VECCHI, Un proyecto de Pastoral Juvenil en la Iglesia de hoy. Orientaciones para caminar con los jóvenes, CCS, Madrid.
J. E. VECCHI – J. M. PRELLEZO (Ed.), Proyecto educativo–pastoral. Conceptos fundamentales, CCS, Madrid, 1986.
C. FLORISTÁN (dir.), Nuevo Diccionario de Pastoral, San Pablo, Madrid, 2002 (especialmente voces: Acción pastoral, planificación pastoral, comisiones de pastoral, 
DICASTERIO DE LA PASTORAL JUVENIL. Pastoral Juvenil Salesiana, cuadro fundamental de referencia, Editorial CCS, Madrid, 1998.
BRAVO – R. ECHARREN – J. A. UBIETA – J. M. MOZAZ, Programación pastoral por objetivos, Secretariado de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, Madrid, 1987.



[1] PETER L. BERGER, Una gloria lejana, la búsqueda de la fe en una época de credulidad, Barcelona, Herder, 1994.
[2] BERGER, o. c., 213.
[3] Cf. BERGER, o. c., 212-213.
[4] Cf., por ejemplo, J. BAUDRILLARD, Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1978, o bien, Las estrategias fatales, Anagrama, Barcelona, 1984.
[5] TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica I, q. 89, 1 c.
[6] J. Mª. CATILLO, El futuro de la vida religiosa. De los orígenes a la crisis actual, Trotta, Madrid, 2003. p. 86.
[7] SOREN KIERKEGAARD, La repetición, Madrid, Guadarrama, 1976, p. 140.
[8] BERGER, o. c., 215.
[9] Cf. C. FLORISTÁN, Teología práctica, Salamanca, Sígueme,  2002, pp. 138-139.
[10] ZYGMUNT BAUMAN, Identidad, Editorial Losada, Madrid, 2005, p. 146.
[11] C. FLORISTÁN, o. c., p. 378.
[12] Cf. F. J. CALVO GUINDA, Planificación pastoral,  en C. FLORISTÁN (dir.), Nuevo Diccionario de Pastoral, San Pablo, Madrid, 2002,  1176-1183.
[13] Cf. su desarrollo y justificación en:  J. E. VECCHI, Un proyecto de Pastoral Juvenil en la Iglesia de hoy. Orientaciones para caminar con los jóvenes, CCS, Madrid, 1990.

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