Diálogo platónico entre Sócrates y Hawking

Acaba de aparecer un libro en el que afamados intelectuales (creyentes y no creyentes) se posicionan sobre el tema de Dios. Uno de los autores es el teólogo J. I. González Faus, quien nos desvela el inicio del capítulo que le ha correspondido.

Por lo sugerente del título y por una reciente conversación con algunos jóvenes universitarios a los que seguro el planteamiento también les parece interesante, pongo aquí el inicio del texto...



Ya cantaban don Hilarión y don Sebastián que las ciencias adelantan que es una barbaridad. Tanto que, con esos conocimientos de la expansión del universo, de la vinculación del tiempo a ese fenómeno, y de las posibilidades de “viajar al pasado” o “recordar el futuro”…, pues llegó un momento en que un grupo de expertos de “Silicon World”, consiguió encapsular una porción del universo que iba ya desapareciendo en su expansión y hacerlo retroceder hasta otra porción de tiempo más reciente. Fue un trabajo enorme, pues hubo que eliminar infinidad de adherencias para que aquellos personajes ya perdidos en la lejanía de los tiempos volvieran a ser los que fueron hace más de veinte siglos. Y quiso la casualidad (o los genios de la física) que esa porción del pasado recuperada estuviera poblada por tres figuras fundamentales de la antigua Grecia: dos filósofos, Sócrates y Protágoras, y un jovenzuelo objeto de muchas admiraciones llamado Alcibíades. Los tres figuran en varios diálogos que recogió el maestro Platón.
Y he aquí, que ese fragmento recuperado del tiempo perdido, se encontró junto a otro fragmento de nuestro espacio-tiempo en el que vivía una de las grandes figuras del campo de la física, autor de una obra muy conocida titulada precisamente Historia del tiempo. Se llamaba Stephen Hawking y acababa de publicar un nuevo libro en el que (al menos según las noticias de prensa) sostenía haber llegado a la conclusión de que la ley de la gravedad puede dar razón de por qué el universo existe y se creó de la nada; con lo que no es necesario apelar a Dios para responder a la pregunta de por qué existimos. De este modo, Hawking daba por contestada, o dejaba sin responder, la pregunta con que concluía su obra anterior: “¿qué es lo que insufla fuego a las ecuaciones y crea un universo que puede ser descrito por ellas?”. Y daba un paso atrás respecto a la insinuación de aquel mismo libro, calificada por él como “principio antrópico débil”: que si un segundo después de la “gran explosión”, la velocidad de expansión hubiese sido sólo una cien-mil-billonésima parte menor, no habrían aparecido los seres humanos que, por primera vez, pueden hacerse cargo de toda la historia del tiempo y del universo.
Como es lógico, y dada la curiosidad innata de Sócrates, el encuentro se convirtió pronto en un diálogo sobre las tesis de Hawking. Alcibíades, impetuoso y joven, simpatizaba con las ideas del inglés y se sentía mucho más moderno de lo que nunca pensó poder ser. Sócrates y Protágoras preferían no tomar postura de entrada, sino examinar antes el tema con calma…
 ( Siguen cuatro partes: I. Ciencia, II. Filosofía, III. Ética, IV. Mística).

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