La poética del cuerpo


Para la mirada del creyente la belleza remite a Dios, por eso este vídeo nos pone a las puertas de una teología del cuerpo: de la poética a la teología.


En gran medida, el cuerpo puede convertirse en un soporte o en un centro de impurezas que nos impide embutirnos en nuestros momentos de oración. Aunque, si somos sinceros, es en gran medida nuestra mente quien nos juega una mala pasada. Pero el cansancio, la espalda doliente, la vista juguetona, el oído chismoso…, nos confirma nuestro mal concepto del «envase corporal» o simplemente creemos pasar de él como si no nos perteneciese.

Tal vez debamos empezar la oración reconciliándonos, en primer lugar, con nosotros mismos, con la materialidad de nuestro ser, con nuestro cuerpo, con nuestra sexualidad, con nuestras limitaciones, con nuestros deseos… No sea que estemos hablando del «Templo del Espíritu», de ese Dios que habita en nosotros, y le tengamos encarcelado en los muros de nuestros complejos, de nuestras censuras y de nuestros miedos, de nuestra soledad. Un templo aparentemente estable por fuera, pero agrietado por dentro, oscuro, lleno de humedad, con la carcoma actuando sin cesar, tanto en los bancos de nuestra pasividad, como en el presbiterio de nuestro prestigio, como en el coro de nuestro falso discurso.

Aunque intentemos disimularlo, nuestro cuerpo es el reflejo de nuestra mente y también de nuestro espíritu. Para bien o para mal. El cuerpo, la mente y el espíritu se complementan mutuamente, se necesitan. Es la Trinidad encarnada en cada uno de nosotros. ¿Por qué nos resistimos al crecimiento integral de nuestro yo? Quizás porque asumir nuestro cuerpo con todas sus consecuencias nos compromete, nos interpela como toda verdadera oración.

Somos capaces de maravillarnos con la naturaleza que nos rodea dejando fluir en nosotros una espontánea y sentida acción de gracias. Pero nos suele resultar costoso orar desde lo que somos, dar gracias por el universo corporal por el que estamos conformados. Un universo contenido, abrazado por una piel cuyos poros son estrellas y cuyos planetas son los órganos que se complementan entre sí. ¿Nos hemos atrevido a habitar nuestros propios planetas? ¿A qué esperamos? ¿A que nos los extirpen? Descubrámonos y daremos con Él. Descubramos al otro y nos veremos reflejados.

La oración supone reconocernos y reconocer al otro. Nos implica en totalidad al igual que la aceptación de nuestro cuerpo. El dar gracias a Dios surge desde la experiencia de haber sido colmados, de sentirnos compartidos. La oración nos sumerge en un tú que requiere necesariamente de nuestro yo. Todo aquello que miramos nos penetra, al igual que todo aquello que amamos, nos atraviesa.

Nuestro cuerpo es el pasillo entre nuestro Dios y nuestro yo. Es también el recibidor del tú necesitado que nos llama. Es entonces cuando nuestro cuerpo abandona la postura fetal para darse, para implicarse, para regalarse

Siro López

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