De papas santos y mártires beatos

De todo lo que he podido leer estos días sobre los acontecimientos que titulan esta entrada, me quedo con estos dos fragmentos que quizá nos den un poco de luz:
 
"las canonizaciones exigen milagros; y no me parece muy razonable la manera como se aborda en nuestra Iglesia el tema del milagro.

No es momento de discutir ahora si Dios puede o no “quebrantar las leyes de la naturaleza” que se supone preceden de Él, aunque parece claro que no es ése su modo de proceder. Lo que nos ha ido enseñando la ciencia es que nosotros no conocemos del todo esas leyes de la naturaleza (y menos si entra en ellas nuestro complicado psiquismo). Declarar que la ciencia no puede explicar hoy una curación, no garantiza que no será explicable dentro de unos años o siglos, difuminando su condición milagrosa al abrir otras explicaciones posibles. El rigor científico nos obligaría a reclamar como milagros para una canonización curaciones como la que se cuenta del cojo de Calanda: reaparición de miembros amputados o cosas así. De eso sí que podemos decir con seguridad que la ciencia nunca podrá explicarlo, caso de producirse. Pero, aunque tuviéramos un caso de ésos, tampoco podríamos afirmar con pleno rigor que ha sido debido a la intercesión de tal difunto concreto: ¿cómo excluir que, mientras unos amigos o parientes, estaban rezando por aquel enfermo al beato Josemanuel, otros en otro lugar u otras monjas contemplativas estuvieran rezando al beato Joseantonio? ¿Cómo sabríamos entonces a quien atribuir el milagro?"
 
José Ignacio González Faus
 
 
"Todo eso me parece una parafernalia fuera de lugar. A decir verdad, están fueran de lugar y de tiempo todos los procesos de beatificación, con certificados de milagros y mucho dinero de por medio. Sí, el dinero –y los esquemas clericales todavía vigentes– es lo que explica que de los 522 “mártires” solo 7 sean “laicos”: solo los obispados y las congregaciones religiosas pueden permitirse gastar tanto dinero solo para tener “santos” en las propias listas. Una causa tan fútil, tan fuera de lugar y de tiempo, y tan fuera del evangelio.

Jesús beatificó, es decir, anunció la bienaventuranza a todos los que sufrían, sin mirar a su fe religiosa, ni siquiera a su virtud, menos aún a la bandera. “Bienaventurados vosotros, los pobres, los que lloráis, todos los perseguidos”. Creo que hoy proclamaría mártires y beatos a los 300 muertos de Lampedusa y a los vivos que sigilosamente serán repatriados. Y a todos aquellos, creyentes o no, que defienden su causa." 
 
José Arregi

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