Excalibur, una espada legendaria

Seguramente ésta sea una de las entradas que más me va a costar escribir y lo cierto es que lleva rondando por mi particular "nube" una larga temporada. Sin embargo, los acontecimientos recientes le llevan a uno a pensar en voz alta, me estoy refiriendo a la cuestión de los animales. En la antigüedad, fue Aristóteles quien les problematizó como cuestión filosófica y en la actualiad, Jesús Mosterín, es seguramente quien con más interés se ha ocupado del tema.

Ha sido tendencia destacada el sacrificio del perro que convivía con la ténico sanitaria infectada de ébola, para no arriesgar posibles contagios. Parece evidente para todos, que no ha de ser permisible que las personas infrinjamos sufrimiento a los animales gratuitamente; sin embargo, la movilización social y, sobre todo, el tratamiento informativo acerca del sacrificio del perro me parece excesivo. Nos hemos llegado a creer la hipérbole de comparar humanos y animales hasta el absurdo de hablar de derechos humanos de los animales (¿Es que sólo yo veo la contradicción humanos-animales?) No obstante, si admitimos ciertos derechos animales a algunos mamíferos, como propone mi admirado Jesús Mosterín, ¿qué deberes estamos dispuestos a hacerles cumplir? ¿Qué marco legal y judicial articularemos en caso de que no cumplan sus obligaciones?

Es la empatía, argumenta Mosterín, lo que nos capacita para otorgar un orden moral fundamentado. Sin embargo, ¿tiene el león empatía hacia la gacela? Evidentemente no. Por mucho que proyectemos nuestras cualidades en el resto de animales (el ser humano también es un animal), no hacemos más que caer en cierta falacia antrópica. Además, es precisamente la empatía la clave del asunto: ¿se puede empatizar con un asesino en serie? Parece evidente que no. Es decir, que la empatía no se da siempre y en todos los casos. Pero una empatía asimétrica entre humanos y animales nos lleva afirmaciones como mínimo sospechosas de que el sentimiento de empatía ha sido manipulado o maleducado o hipertrofiado, fruto de una época la nuestra, la posmoderna, que vive anestesiada y tiene en la muerte el último tabú.

Por eso, finalmente, pongamos nuestra mirada en África con sus miles  y miles de seres humanos que cada día se debaten entre la vida y la muerte, y dejemos que Excalibur vuelva a ser una espada legendaria.

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