Tambores de Semana Santa

Asisto escandalizado al estallido de patetismo iniciado en las redes sociales con el inicio de la cuaresma. Fotos de cristos sanguinolentos del barroco más contrarreformista inundan mi inicio. Suelo decir con frecuencia que el arte no busca la verdad, sino la belleza; por eso el arte tiene permiso para mentir. A estas alturas espero que nadie sea tan iluso como para considerarlo fuente de veracidad histórica absoluta. Pero el arte religioso que llenará nuestro país en próximas fechas no es bello. Repito, no es bello bajo ninguna circunstancia. A menos que admitamos un gusto sádico, ¿puede ser bello un cadáver torturado? (Si no pongo fotos de cuerpos torturados de la guerra del Congo o de Camboya es por educación y porque no quiero dañar la sensibilidad de nadie; pero haga usted mismo la prueba).

Hablando claro: los pasos de Semana Santa generan en nosotros una experiencia estética próxima a la compasión por introyectar en nuestra sensibilidad la empatía ante el sufrimiento y esto sólo es posible gracias al caldo cultural adecuado y a la puesta en escena de resabios ancestrales: el sonido de tambores y cornetas que resuenan a ritmo militar en nuestros estómagos y las vestimentas de olor a sambenito inquisitorial hacen el resto. El cortejo fúnebre hace que el complejo de culpa de esta España cainita como pocas, sacie la sed de sangre de este dios (que no es el católico) impasible ante el dolor.  Somos escándalo para el resto del mundo que nos mira como rara avis.

Y así nos va, regocijados en la tortura y pasando de un plumazo la alegría de la resurrección. Poco importa que el apóstol Pablo nos recuerde cada año que sin resurrección vana es nuesta fe; porque la verdad no puede estropearte una exclusiva, dicen los periodistas. La verdad teológica no es aquí protegida por los doctores de la Iglesia, bajo la disculpa de la piedad popular. Pero es evidente  que se ha deformado tanto la práctica religiosa, que se está rozando el fundamentalismo con demasiada frecuencia. Si realmente interesase el fenómeno religioso, todos pondrían de su parte para tener unos ciudadanos con una formación religiosa madura; pero eso acabaría con el show. And the show must go on, y el espectáculo debe continuar: las calles abarrotadas de gentes que asisten al espectáculo de turno mientrras las iglesias están vacías en la Vigilia Pascual. Lo políticamente correcto el resto del año poco importa ahora, el interés turístico internacional ha de llenar las arcas del Estado a ritmo de tambores de guerra.

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