Itinerarios hacia la plenitud

En la teoría de las inteligencias múltiples, H. Gardner, sostiene que la inteligencia no es algo monolítico y unitario, más bien lo contrario: tenemos ocho inteligencias interdependientes. Lo normal es que tengamos más desarrolladas dos de estas inteligencias. Por decirlo rápidamente, todos somos buenos en al menos un par de cosas. Pues bien, en el acceso al Misterio ocurre algo parecido. No existe una única forma de acceso a la divinidad, más bien lo contrario. Son múltiples las experiencias de trascendencia que puede tener el ser humano y ése es el camino para dar el paso de la trascendencia a la Trascendencia. Y podemos decir aquí también, que todos tenemos al menos un par de rutas de acceso. La inteligencia espiritual (ésta no la nombra Gardner) , que nos hace competentes en el mundo simbólico y de sentido, utiliza el material de diferentes tipos de experiencias:
  • Experiencia relacional: es la experiencia de la fraternidad, del encuentro con el otro. Querer y sentirse querido.
  • Experiencia estética: es la experiencia de la belleza o la extrañeza, la contemplación y la creación artística.
  • Experiencia existencial: es la experiencia de la pérdida, de cuestionamiento radical, del sentido-sinsentido.
  • Experiencia mística: es la experiencia de la oración, de la búsqueda interior, del diálogo contemplativo.
  • Experiencia intelectual: es la experiencia de la búsqueda de la verdad, de adentrarse en de lo desconocido.
  • Experiencia de servicio: es la experiencia de ayuda a los demás, de compromiso con los pobres y necesitados.
  • Experiencia litúrgica: es la experiencia del rito, de la repetición, de lo cultual, de los lugares y objetos sagrados.
  • Experiencia ética: es la experiencia del bien, de la coherencia de vida, de la conciencia tranquila.


Evidentemente que no son experiencias aisladas y en ellas es necesario cierta conexión para ir formando un itinerario experiencial. Pero, en todas ellas hay un clic, un chasquido en nuestro ser que camina de lo trascendente a lo Trascendente. Se produce un cortocircuito en lo ordinario para tornarse extraordinario. Es la experiencia de sentirse superado por lo Otro y lo Otro en mí. La consecuencia: enfrentarse con la dualidad inmanencia-trascendencia que se unifica y se supera en el Ser neutralizando la dialéctica. La dualidad es propia del mundo fenoménico y la no-dualidad es propio de lo nouménico kantiano, es decir, de todo lo que es en tanto que es en sí. El ser humano, que se encuentra enajenado de sí mismo en el mundo, ser-ahí, arrojado a la existencia (ek-sistencia) como diría Heidegger, se encuentra de pronto ser-aquí, habitado, anclado al ser, como parte del Ser y siendo Uno en él. Estamos ante la experiencia de plenitud.

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