La revolución silenciosa de la educación

La revolución educativa ya ha comenzado en España de manera silenciosa. Mientras los políticos hablan de leyes educativas y los tertulianos de la clase de religión; los profesores hace tiempo que se dieron cuenta de que la respuesta está en el modelo pedagógico. Hoy en día podemos afirmar que no hay ningún docente, que se tome en serio su profesión, que siga dando clases magistrales. Hace ya bastante tiempo, que los profesores se han declarado en rebeldía con respecto a la tomadura de pelo que significa que se cambien las leyes educativas cada dos por tres (el descrédito es absoluto). Se rellena la burocracia necesaria con la jerga propia (se sustituye la palabra objetivos, por estándares o lo que sea), para que el inspector de turno no moleste mucho y ya está.

El listado de escuelas basadas en pedagogías alternativas aumenta cada día, muchas de ellas de iniciativa privada bajo la forma de cooperativas de padres y/o maestros. Y el resto ha dado una clara opción por la innovación pedagógica que no tiene vuelta atras. Este cambio lo lidera la escuela concertada que cuenta con equipos de profesores estables y con posibilidad de institucionalizar la formación de sus docentes. Las escuelas públicas, que mantienen con cierta estabilidad su claustro también se están sumando a este cambio. La escuela del siglo XXI, es consciente de la importancia de atender otras dimensiones del alumno más allá de la puramente intelectual/memorística: la interioridad, la afectividad, la cooperación, la creatividad, la socialización.... y además de las aportaciones de la pedagogía más experimental (menos de la psicología), ya no tiene reparos en acudir a la neurociencia como argumento para justificar estos tiempos de cambio.

Sin embargo, hay un problema de riesgo. Con frecuencia se quiere nadar y guardar la ropa. Hay un temor que se hace muy evidente, cuando las opciones se dan más arrastrados por la corriente que por convencimiento. Por eso, el miedo a perder sostenibilidad de la escuela, atenaza cualquier opción valiente en una dirección distinta; por ejemplo, romper asignaturas, horarios y exámenes (Para ver la noticia haz clic aquí). La cultura de la calidad educativa nos dejó la terrible herencia de considerar a las familias como "clientes" y así nos va. Quien es cliente, se desentiende del proceso, sólo exige el producto esperado. Si no lo consigue cambia de colegio (casi siempre es la ventaja social, competitiva, con respecto a los demás; lo que se espera). Por un mecanismo nada caprichoso de la memoria, funciona mucho aquello de "en mis tiempos...", se recurre a la propia experiencia y se piensa que todo tiempo pasado fue mejor.

En los docentes ha costado mucho salir del bucle que repetía los viejos esquemas de aquel profesor de facultad  o de colegio que era una eminencia en no sé qué, del que tenías buen recuerdo y al que tratabas de imitar. Ahora esto ya no es así (o no del todo). Pero en el otro lado de la ecuación, las familias, sigue todo bastante parecido, o bastante peor que hace un par de décadas. A cada cambio legastivo, la escuela ha intentado vender a las familias la moda de turno y ya no se creen casi nada. Desconfían y se quedan con el "en mis tiempos..." y/o en los resultados numéricos de un boletín de notas. Por eso, hemos de aplicar pedagogía, no sólo marketing (que también), para que las familias entiendan las razones, las poderosísimas razones que nos mueven para invertir tanto en innovar la escuela. Toda la nueva metodología que utilizamos con los alumnos, hemos de ponerla en práctica también hacia dentro, en los óganos de gestión y animación. Sólo así será creíble. Sólo así tendrá éxito. Porque no nos engañemos, la revolución pedagógica, aunque silenciosa, es imparable.



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