Iglesias y Rivera deberían leer esto

Recientemente, dos políticos llamados a protagonizar las próximas décadas del panorama nacional han demostrado, por la vía práctica de la vergüenza ajena, la necesidad de que la filosofía recupere el lugar quie le pertenece en las instituciones académicas.

El contexto era una debate en la Universidad Carlos III y un alumno les pide que recommienden una obra de filosofía. Ambos recomiendan a Kant. Bien. Pero...

Albert Rivera reconoció no haber leído ninguna obra de Kant, a pesar de recomendar su lectura. Lo cierto es que un gran porcentaje de la población española coincidirá con él; pero creo que no le vendrá nada mal leer La paz perpetua: un proyecto jurídico para encontrar la paz mundial y cómo las naciones pueden colabrar en conseguirlo. Como licenciado en derecho, es posible que a Rivera le interese la lectura de este breve librito que tiene la forma de un tratado de paz.

Pablo Iglesias, por su parte, habló de la "Ética de la razón pura". Imagino que no suena mal, pero es una barbaridad del tipo: "Cardiología del dedo gordo del pie". Por decirlo rápido, la razón pura no puede dedicarse ética, que es un saber práctico. El título real de la obra kantiana es Crítica de la razón pura y trata de averiguar si es posible la metafísica como ciencia, en definitiva, de los límites del conocimiento. A un politólogo como Iglesias le recomendaría leer Ideas para una historia universal en clave cosmopolita, que siendo una obra de filosofía de la historia, aborda la tensión individuo-sociedad y cómo debe organizarse el ser humano teniendo en cuenta la libertad y las leyes de la naturaleza.

En la época posmoderna, es necesario conocer a los gigantes de la Ilustración como Kant (y de toda la historia de la filosofía); pues lo que está en crisis en nuestro tiempo es el propio proyecto ilustrado. Pero además, es interesante saber que Immanuel Kant nunca salió de su Königsberg natal (en el siglo XVIII era Prusia, por eso Kant escribe alemán; pero hoy es Kaliningrado, un enclave ruso aislado del resto del territorio de Rusia acorralado entre Lituania y Polonia). De Kant se decía que era de constitución contrahecha y enfermiza; quizá por eso tuvo unas rutinas férreas: era tan puntual en la hora de su paseo, que servía para poner en hora los relojes de sus vecinos.

Finalmente, quiero concluir esta entrada con la afamada conclusión de la Crítica de la razón práctica, que es también su epitafio:
«Dos cosas me llenan la mente con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el firmamento estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».

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