¿Tiene sentido seguir hablando de la existencia de dios en la posmodernidad?


Durante la Modernidad el debate racional acerca de la existencia de dios era un debate entre ateos y creyentes (casi siempre teístas, aunque en la Ilustración el deísmo empujó con fuerza) que tenía una repercusión cultural y social apreciable. Fue el siglo XIX (el siglo de los –ismos) el que con más fuerza cuestionó la cultura creyente dominante en Europa. Pero el paradigma hizo crisis y el existencialismo colocó la cuestión en otra órbita. Redujo la cuestión metafísca a la cuestión ontológica. Aunque, de la mano de la teodicea, poco a poco la cuestión adquirió otra lógica. 
La posmodernidad no es la negación de la razón, sino la apertura a otra lógicas que tienen en cuenta la dimensión afectiva y relacional de la persona. Lo cierto es que el ateísmo actual ha fracasado tanto o más que la religión clásica, pues se ha convertido en una mera religión de sustitución: yendo de la mano del cientifismo y el positivismo. Por eso, a pesar de que la pregunta parece que no interesa; sin embargo, es fundamental tener un mínimo de formación filosófica y teológica para que los prejuicios ideológicos no taponen la interioridad de la persona y sigue teniendo sentido abordar la cuestión de la existencia de dios. Quizá no para zanjar la cuestión sino para ponerla en su sitio.


Hace unos días me llegaba la petición en un mensaje de que abordase el tema de las pruebas de la existencia de dios. Espero que cumpla con las expectativas y que cuestione e incite a la reflexión. Si le sirve a una persona ya habrá merecido la pena esta entrada.


Haré un resumido repaso de las pruebas clásicas de la existencia de dios seguramente conocidas por muchos; no obstante, si el lector no tiene demasiado tiempo (o paciencia) le invito a leer directamente e final de la entrada.

Pruebas de la existencia de dios

Desde un punto de vista puramente teórico existen dos modalidades de pruebas de la existencia de dios tradicionales: aquellas que van desde las cosas hasta dios (a posteriori) y aquellas que parten del propio concepto de dios (a priori). Finalmente, añadiré los argumentos que intentan ir más allá.


A posteriori


De entre las primeras, destaca Aristóteles en el siglo IV a. C. El filósofo griego llega a la existencia de un dios único por la vía de la prioridad del acto sobre la potencia. Es decir, que el acto es “antes” que el ser en potencia. Por tanto, ya que todo ente es también en potencia otros entes es preciso que haya un ser en acto que le comunique actualidad. Así hasta llegar a un acto tal que, no teniendo potencialidad alguna, sea acto “puro” (sin potencia). El acto superior a cualquier acto no puede ser precedido por ningún otro acto, más bien los precede a todos y no depende de nada ni es causado, sino que todos dependen de Él. 


En efecto, no hay ninguna cosa en el mundo que no cambie. Ahora bien, “todo lo que se mueve, es movido por otro”. Todo movimiento requiere un motor distinto del móvil. Pero la serie de motores móviles, no puede remontarse al infinito. Es necesario pararse. Llegamos así a un primer motor que mueve todas las cosas sin ser movido él mismo y, por eso, el primer motor es inmóvil y activo.


El argumento se basa en el principio de causalidad: como el acto es anterior a la potencia, así el motor es anterior al móvil. Y dado que en las cosas hay un cambio continuo, ha de existir una sustancia primera, inmaterial, acto puro, sin mezcla de potencialidad que comunica el acto a todos los seres de modo continuo y uniforme. Ha de haber un Ser que mueve sin ser movido, que es acto y no es en potencia en ningún sentido: «Y esto es Dios», afirma. (Metafísica, XII, 7).


Tomás de Aquino en el siglo XIII reformula y amplia estos argumentos con sus famosas cinco vías. 


1. La vía del movimiento: nos consta por los sentidos que hay seres de este mundo que se mueven; pero todo lo que se mueve es movido por otro, y como una serie infinita de causas es imposible hemos de admitir la existencia de un primer motor no movido por otro, inmóvil. Y ese primer motor inmóvil es Dios.


2. La vía de la causa eficiente: nos consta la existencia de causas eficientes que no pueden ser causa de sí mismas, ya que para ello tendrían que haber existido antes de existir, lo cual es imposible. Además, tampoco podemos admitir una serie infinita de causas eficientes, por lo que tiene que existir una primera causa eficiente incausada. Y esa causa incausada es Dios.


3. La vía de la contingencia: hay seres que comienzan a existir y que perecen, es decir, que no son necesarios; si todos los seres fueran contingentes, no existiría ninguno, pero existen, por lo que deben tener su causa, pues, en un primer ser necesario , ya que una serie causal infinita de seres contingentes es imposible. Y este ser necesario (incontingente) es Dios.


4. La vía de los grados de perfección: observamos distintos grados de perfección en los seres de este mundo (bondad, belleza,...) Y ello implica la existencia de un modelo con respecto al cual establecemos la comparación, un ser óptimo, máximamente verdadero, un ser supremo. Y ese ser supremo es Dios.


5. La vía de la finalidad: observamos que los seres actúan con un fin; pero sólo pueden tender a un fin si son dirigidos por un ser inteligente. Luego debe haber un ser sumamente inteligente que ordena todas las cosas naturales dirigiéndolas a su fin. Y ese ser inteligente es Dios.


A priori


Anselmo de Canterbury en el siglo XII expone el famoso argumento ontológico. Este argumento comienza con una definición de dios como infinito, perfecto y necesario. Anselmo afirma que la idea de dios no puede ser concebida en modo alguno que no sea "un ser mayor de lo cual nada puede ser ya concebido." Incluso el necio sabe lo que quiere decir con "Dios" cuando afirma: "No hay Dios" (Sal. 14,1). Pero si ese ser sólo existiese en el pensamiento y no en la realidad, entonces podría concebirse un ser que existiese en la realidad y en el pensamiento y ése sería más perfecto. Por lo tanto, concluye Anselmo, quien entiende lo que dios es, no puede concebir a Dios no existiendo. Sería contradictorio decir, puedo pensar en un ser perfecto que no existe, porque la existencia tendría que ser una parte de la perfección.



En la época moderna, matemáticos como Descartes, Spinoza y Leibniz han recurrido a este tipo de argumentos. Descartes (s. XVII) presenta una variante de la prueba ontológica de la existencia de dios. Afirma que la idea de triángulo conlleva de modo claro y distinto sostener que sus ángulos sean iguales a dos rectos. Esto no demuestra que existan triángulos en el mundo, pero sí demuestra, de modo necesario, que no puede concebirse un triángulo en el que sus tres ángulos  no sean iguales a dos rectos. Respecto a la idea de dios, Descartes afirma que ve de modo claro y distinto que es un ser absolutamente perfecto. Pero, además, en este caso, tal idea debe ir acompañada necesariamente de la existencia, porque negar la existencia de un ser perfecto sería tan contradictorio como negar que en el triángulo sus tres ángulos sean iguales a dos rectos. 



Paralelamente, Descartes, da el argumento de la idea de la perfección divina en nuestra conciencia. Descartes afirma que él que no es del todo perfecto poseía la idea de algo perfecto. Pero, si es imposible que algo perfecto surja de algo imperfecto, ¿de dónde podía haber extraído entonces esa idea? Y concluye que tuvo que ser de una realidad, un ser perfecto, que existe independientemente de su conciencia. Luego dios existe y es la causa de la idea que yo tengo de tal perfección absoluta.


Más allá


Blaise Pascal, filósofo y matemático francés del siglo XVII aportó su pragmatismo en la forma del “argumento de la apuesta”: es más rentable, creer que dios existe. Puedes creer en Dios; si existe, entonces ganarás todo (La vida eterna). Puedes creer en Dios; si no existe, entonces no ganarás nada. Puedes no creer en Dios; si no existe, entonces tampoco ganarás nada. Puedes no creer en Dios; si existe, entonces no ganarás todo. Aun cuando la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez sería compensada por la gran ganancia que se obtendría. Lo más razonable es apostar por la existencia de dios.


Pero el punto de inflexión definitivo en la cuestión, lo puso Kant. A finales del siglo XVIII reconoció la imposibilidad de demostrar la existencia (o inexistencia) de dios desde la razón pura. Sin embargo, Kant no se quedó en un mero escepticismo sino que acudió a la razón práctica. Dios se convirtió entonces en un postulado (una petición de principios) indispensable para la vida práctica, es decir, para poder fundamentar la moralidad. Sólo admitiendo a dios es posible fundamentar la moral. Dios garantiza la felicidad de un obrar virtuoso. 


Miguel de Unamuno, a principio del siglo XX, supo expresar la tradición intimista que rastreamos desde Agustín de Hipona, en el grito de “El sentimiento trágico de la vida” “No es nuestra razón la que puede probarnos la existencia de una Razón Suprema… El Dios vivo, tu Dios, nuestro Dios, está en mí, está en ti, vive en nosotros, y nosotros vivimos, nos movemos y somos en Él”. Se pone aquí la carga de la prueba en el yo, en la capacidad de experimentar lo sublime, de sentir con estremecimiento y asimilar ese sentimiento a dios.



Pero Dios no es una idea, ni tan si quiera un sentimiento. Simplemente es. Y nosotros en él. Como la gota en el océano. Entrar de lleno en el paradigma posmoderno implica deconstruir las categorías que se han pegado a dios, superar el dualismo y optar por la vía de la experiencia y de la interioridad. Optar por el misterio. Optar por el silencio.

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