La potencia del símbolo

Hay ciertos objetos que tienen la cualidad de establecer una relación con otra realidad (generalmente abstracta) con la que no tienen semejanza, aunque pueden mantener cierta conexión de realidad. La palabra sím-bolo es, en griego, σύμβολον. Etimológicamente se pone el acento en la capacidad de transportarnos y de unir dos ralidades distintas. Eso hace que el objeto adquiera una potencia inusual.

Desde el origen de la humanidad, las creencias religiosas se expresaron mediante símbolos. La potencia del símbolo es, con frecuencia, similar o incluso simultánea a la experiencia estética dependiendo de lo extendido del símbolo, de su complejidad, de su educación estética, de la carga emocional puesta en la recepción... Parece evidente que el horizonte hermenéutico del símbolo ha de enmarcarse en el paradigma de la complejidad. No hay un símbolo unidimensional. Por ejemplo, la cruz gamada en Europa tiene un significado muy diferente en Asia, de donde es originario dicho símbolo; aquí el contexto histórico, político y religioso es fundamental. Dicho de otro modo, si tomamos el símbolo sólo desde una de sus dimensiones (la religiosa, por ejemplo) estamos cometiendo un reduccionismo tan evidente que sólo puede provenir de la ignorancia o de la mala fe. De hecho, lo contrario de sín-bolon es διάβολον, diá-bolon. Es decir, lo que separa o desune. Suena excesivo, pero intentar acabar con lo simbólico es diabólico. Ya decía Aristóteles que el ser humano piensa en imágenes; por eso, empobrecer la capacidad simbólica del ser humano es empobrecer su capacidad de pensamiento.

¿Por qué se quiere acabar con un símbolo? La respuesta es simple: porque aún funciona. El símbolo sólo se desactiva cuando deja de remitir a esa otra realidad abstracta. ¿Cuál es el precio que se pagará? Se siegan de un solo tajo todas las dimensiones y entornos complejos los que hace referencia: estéticos, religiosos, históricos, de pertenencia, políticos... Y se perderá la oportunidad de que el símbolo evolucione: muchos símbolos que pretendieron humillar a un grupo humano minoritario terminaron ser símbolo de orgullo. Por eso, repito, cuando se elimina un símbolo del espacio público es porque se teme su efecto.

Quizá ahora se entiendan noticias como éstas:
http://www.abc.es/espana/comunidad-valenciana/abci-ribo-retira-simbolos-religiosos-tanatorio-y-crematorio-municipal-201510291054_noticia.html
http://www.diariodeburgos.es/Noticia/Z91B17598-F315-BD7D-2BC1667991272295/Cabra-si-quiere-el-Cristo-burgales
http://www.lne.es/cuencas/2016/09/26/foro-asegura-retirar-virgen-carbayu/1989088.html


Cuando se intentan interpretar estas noticias desde conceptos políticos nos quedamos enzarzados en posiciones ideológicas que difícilmente responden a la razón. Además, los mismos conceptos que utilizamos para el análisis son equívocos. El concepto "laico" es un concepto religioso (laos=pueblo): miembro de la Iglesia que no ha sido ordenado y, por consiguiente, no pertenece al clero. Pretender que signifique lo contrario es como mínimo extraño. El concepto "aconfesional" en nuestro Estado, que tiene acuerdo con cuatro confesiones religiosas privilegiándolas, tampoco me parece adecuado. Pero nos recuerda que, aunque se tenga la intención de tener un Estado aséptico, las instituciones políticas han de incluir a todos (creyentes y no creyentes) sin renunciar a los símbolos.

Por simplificar, os presento dos extremos: frente al fundamentalismo (pretender que todos los ciudadanos profesen una única confesión religiosa de forma obligatoria) y el laicismo (pretender eliminar del espacio público todo símbolo y expresión religiosa) existe un término medio aristotélico: el diálogo y la tolerancia de las diversas manifestaciones religiosas y el respeto a cuestiones históricas, culturales, identitarias.... Sería deseable el consenso en cuestiones tan sensibles.

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