La habitación más cómoda de la casa (o aproximación para una fundamentación metafísica de la interioridad)

En el zaguán
Los desarrollos teóricos actuales en torno a la interioridad parten de un punto de vista descriptivo de la psicología profunda humana planteando desde ahí interrogantes y propuestas de calado antropológico; no obstante, a pesar de los esfuerzos, no se esquivarán del todo las acusaciones de psicologismo (la pretensión de reducir al ser humano a una de sus dimensiones, en este caso la psicológica o justificación del yo desde el yo) mientras no se haga una propuesta metafísica de la cuestión. No será difícil dar el salto de la antropología a la metafísica desde la tradición hegeliana que define al ser humano como ser-en-relación. Pero partamos del reto de Heidegger: ¿Por qué hay algo en lugar de nada? La intuición de relacionar del ser con el tiempo como ejes de lo existente nos pone en la pista del ser como superación de la nada y de la eternidad como superación del tiempo. 

La metafísica como punto de partida de la arquitectura del ser 
El ser humano, el ser-ahí heideggeriano, se encuentra ek-sistiendo en el devenir temporal. Hay una categoría aristotélica referida al ser y enunciada como: τὸ τί ἦν εἶναι /to ti en einai/ quod quid erat esse, literalmente ‘lo que era el ser’, y que la tradición medieval transformó como la quidditas. La traducción conceptual tradicional ha sido la de ‘esencia’; pero dejamos de lado entonces la temporalidad implícita en la expresión griega. Además, Aristóteles tenía el término οὐσíα, /ousía/ para el concepto de ‘esencia’. Esa esencia con matiz histórico que es ‘lo que era el ser’, ¿a qué ser puede atribuírsele? Parece evidente que sólo el ser humano tiene como elemento constitutivo de su ser el venir desde un pasado como ser. También parece evidente que es un ser-para-la-muerte. La temporalidad está en la esencia del ser-ahí, transformándolo en ser-aquí-y-ahora. Por eso podemos concluir que el momento del ser es la eternidad y el ser-ahí, cuando es aquí-y-ahora completa su vocación de eternidad. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su brevísima obra “Por favor, cierra los ojos” habla del tiempo del silencio como tiempo cerrado en sí mismo: “en cierto modo no tiene nada a su alrededor. Descansa en sí y se basta a sí mismo. Y así carece de pasado y futuro, de recuerdo y expectativa”. 

De la metafísica a la antropología, para tener un espacio donde ser lo que se es
Concretando un poco más, la pro-yección de la esencia del ser-ahí nos abre paso a la conciencia del devenir en el tiempo, desde el horizonte hermenéutico que da sentido al propio suceder para que la corriente de vivencias genere experiencias. Así, cada experiencia va generando un espacio, en los diferentes estratos del ser-ahí, por la conciencia del tiempo: es el espacio de la interioridad, que podríamos definir como el espacio donde habita en la esencia del ser humano. Ahora bien, todo lo que habita en la interioridad es intencional en el sentido husserliano del término, es decir, remite a algo distinto de sí. Por eso, la capacidad de transcender-se es propia del ser-ahí. Sin embargo, hemos de estar vigilantes de no caer en aporías dualistas del tipo a las que nos conduce Sartre con el ser-en-sí y el ser-para-sí. La realidad percibida por el ser humano se presenta de forma dual: bueno/malo, verdad/falsedad, sujeto/objeto... pero sabemos que la realidad no es dual: no es posible separar al sujeto del objeto observado sin alterarse ambos (Principio de incertidumbr de Schrödinger) pues forman un solo sistema tan íntimamente conectado que la realidad no se decide hasta que el observador no sé hace presente (Superposición cuántica de Heisenberg). Es decir, si la realidad se nos presenta como dual es porque nuestro intelecto le impone en la vida natural ese esquema a la realidad. El ser-ahí conecta de manera no-dual con la realidad profunda (con lo nouménico en términos kantianos) gracias a una reducción eidética, nuestra interioridad es capaz de experienciar la dimensión no-dual del ser. 

La interioridad: la habitación más cómoda de la casa 
Cuando la interioridad del ser-ahí está siendo habitada la existencia del ser cobra su sentido más auténtico, cuando la esencia del ser humano se encuentra cómodamente instalada, emerge el ser humano como ser-en-relación para incomodar al ser-ahí: cambiar muebles, tirar paredes, pintar techos... Pero eso forma parte de otra aproximación.

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