Una noche en el Real

El 19 de noviembre estuvimos en el estreno de "La clemencia de Tito" (Ópera de Mozart) en el Teatro Real de Madrid. Lo cierto es que me avergüenza escribir de música, es un mundo absolutamente desconocido para mí: como la inmensidad del océano. Ni sé leer música, ni sé tocar ningún instrumento, ni sé decir de memoria media docena de piezas clásicas... con la música tan sólo sé disfrutar.

Sin embargo, la relación entre música y filosofía es algo más que habitual: Pitágoras, Platón, Boecio, Hildegard von Bigen, Nietzsche... y nuestro Gustavo Bueno. "La música se ha hecho para lo inexplicable" —dijo Debussy— y quizá por eso es absolutamente esencial. La experiencia estética es absolutamente próxima a la experiencia religiosa.

La parafernalia en torno a una noche de ópera en el Real es espectacular con toda la liturgia propia: chóferes, pajaritas, joyas... pero también un poco más arriba rastas, mochilas y zapatillas. Si te dejas impresionar todo te deja con la boca abierta. El gigantesco escenario es capaz de generar espacios y contextos donde perderse y/o esconderse gracias a un montaje tan minimalista como simbólico.

Después de superar el impacto inicial de una mujer interpretando al amante, sólo queda disfrutar de tres horas de pasión por la música total, sin artificios. Imposible no estremecerse con el apoteósico final del primer acto y no sufrir mientras la historia se va desentrañando. Desde el emperador hasta el más sencillo de los hombres, todos sufren la existencia (incluso con un comportamiento virtuoso) 

Los espacios escénicos de blanco nuclear subliman una Antigua Roma esquemática en el dilema de lo público y lo privado. Estamos ante modelos morales, más que ante personajes. El coro y la orquesta pueden pasar desapercibidos en otros montajes, otras óperas... aquí emergen majestuosos en los momentos cumbres. Y qué decir de esos magníficos silencios, que buscan la complicidad del espectador.

Finalmente, hemos de agradecerle a Mozart esos últimos meses de vida que hacen aún más épica la obra. Sólo hay una cosa que supera todo este conjunto: tener al lado la mejor compañía posible.

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