Fijos los ojos en Él

La historia de las miradas 
Adaptación de una historia contada por Eduardo Galeano

Seguro que habéis estudiado historia de España, algunos también historia del arte, historia de la filosofía e, incluso, historia de la literatura. Pues bien, hay una historia mucho más importante para la humanidad, es la historia de las miradas. ¿Nadie la ha estudiado? ¿No? ¡Ah, claro se me había olvidado que vosotros estudiáis con notas y decimales y todas esas cosas! ...y lo mío es sólo un cuento... un cuento chino o argentino... no sé... Bueno, ¿queréis que os cuente un cuento? O en el idioma de los mayores, ¿o explico la primera lección?

Hubo un tiempo, hace mucho tiempo, en que nadie miraba… No es que no tuvieran ojos, los hombres y mujeres que caminaban por estas tierras tenían de por sí, pero no miraban. Los dioses más antiguos, los que parieron el mundo, los primeros, parieron muchas cosas sin dejar claro para qué o por qué, la razón o el trabajo que cada cosa debía de hacer o de tratar de hacer. Porque cada cosa tenía su por qué.

Los dioses que parieron el mundo, los más primeros, de por sí eran los más grandes y ellos sí sabían bien para qué o por qué cada cosa... ¡eran dioses! Pero resulta que estos dioses primeros no se preocupaban de lo que hacían, todo lo hacían como fiesta, como juego, como baile. Cuentan los más viejos de los viejos que, cuando los primeros dioses se reunían, tenía que haber una marimba, porque al final de sus asambleas venía el baile y la fiesta. Es más, dicen que si la marimba no estaba a mano, no había asamblea y ahí se quedaban los dioses, rascándose la barriga, contando chistes y haciéndose bromas. 

Bueno, el caso es que los dioses primeros, los más grandes, parieron el mundo, pero no dejaron claro el para qué o el por qué de cada cosa. Y una de estas cosas eran los ojos. ¿Acaso habían dejado dicho los dioses que los ojos eran para mirar? Pues no. 

Y entonces ahí se andaban los primeros hombres y mujeres que caminaron, dándose golpes y caídas, chocándose entre ellos y agarrando cosas que no querían y dejando de tomar cosas que sí querían. Por eso, hay mucha gente ahora, que toma lo que no quiere y deja de coger lo que necesita... y anda tropezándose y chocando unos con otros, y liados con cosas que jamás miraron.

O sea que los hombres y mujeres primeros sí tenían unos ojos, sí, pero no miraban. Y muchos y muy variados eran los tipos de ojos que tenían los más primeros hombres y mujeres. Los había de todos los colores y de todos los tamaños, los había de diferentes formas. Había ojos redondos, rasgados, ovalados, pequeños, grandes, medianos, negros, azules, amarillos, verdes, marrones, rojos y blancos. Sí, muchos ojos, dos en cada hombre y mujer pero que nada miraban. Y todo hubiera seguido así hasta nuestros días si no es porque una vez pasó algo.

Resulta que estaban los dioses antiguos, los que parieron el mundo, los más grandes, haciendo una fiesta, porque agosto era el mes de las fiestas, cuando unos hombres y mujeres que no miraban fueron a dar a donde estaban los dioses en su fiesta. Se chocaron con los dioses y unos fueron a dar contra la marimba y la tumbaron y entonces la fiesta se convirtió en un desmadre. Se paró la música y se paró el baile... todo se detuvo y se hizo un gran silencio.

Los dioses primeros fueron de un lado a otro tratando de ver por qué se había detenido la fiesta. Los hombres y mujeres que no miraban, se seguían tropezando y chocando entre ellos y con los dioses. Y así se pasaron un buen rato, entre choques, caídas, blasfemias y maldiciones. Ya por fin, después de un rato, se dieron cuenta los dioses más grandes de todo el desbarajuste que se había hecho cuando llegaron esos hombres y mujeres. Y entonces los juntaron y les preguntaron si acaso no miraban por dónde caminaban. Entonces los hombres y mujeres más primeros no se miraron, porque de por sí no miraban, pero preguntaron qué cosa es “mirar”.

Y entonces los dioses que parieron el mundo se dieron cuenta de que no les habían dejado claro para qué servían los ojos, o sea cuál era su razón de ser, su por qué y su para qué de los ojos. Y ya les explicaron los dioses más grandes a los hombres y mujeres primeros qué cosa era mirar, y los enseñaron a mirar. 

Así aprendieron estos hombres y mujeres que se puede mirar al otro, saber qué es y qué está y que es otro y así no chocar con él, ni pegarlo, ni pasarle encima, ni tropezarse. Supieron también que se puede mirar adentro del otro y ver lo que siente su corazón. Porque no siempre el corazón habla con las palabras que nacen los labios. Muchas veces habla el corazón con la piel, con pasos, o con la mirada. Y entonces no importa cómo de bellos son los ojos, sino cómo de bello habla el corazón. También aprendieron a mirar a quien mira mirándose, que son aquellos que se buscan a sí mismos en las miradas de otros. Y supieron mirar a los otros que los miran mirar. Y todas las miradas aprendieron los primeros hombres y mujeres.

Y la más importante que aprendieron es la mirada que se mira a sí misma y se sabe y se conoce, la mirada que se mira a sí misma mirando y mirándose, la mirada que mira mañanas que no han nacido todavía, caminos aún por andarse... Aprendieron a mirar de frente a la oscuridad, a la tormenta y a las noches que están por cerrarse. Aprendieron a mirar al alba, a las madrugadas por parirse y, también, a los sepulcros por abrirse.

Moraleja: Recuerdo lo que me dijo mi abuelo aquella mañana: "Se puede perder la vista, pero nunca la mirada"

Otra moraleja: Estáis en el lugar oportuno, en el momento oportuno; porque si queréis aprender a mirar, habéis de tener los ojos fijos en Él.

 


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