Para educar la espiritualidad natural de los niños hace falta tener un cerezo en el balcón


“Relaciones entre la experiencia personal y la educación de la interioridad”




     a)    Introducción
Conocer a Laia Monserrat impresiona.  Es de esas personas que no necesita decir nada para transmitir un montón de sensaciones, de mensajes, de energía… por eso enseguida tuve claro que tenía que conocer algo más. Estar un día con ella se me quedo muy corto; así que supe tenía que leer algunos de sus libros obligatoriamente.

Movido por mi vocación educadora me resultó muy atractivo el subtítulo del libro Espiritualidad natural: “La educación espiritual de los niños. Ideas para padres y educadores” Entre otras cosas porque me veo implicado en ambos frentes: padre y educador.

Es increíble lo fácil y sencillo que parece todo al leerlo en estas páginas; sin embargo, las cuestiones ante las que nos enfrenta Laia Monserrat son de un calado enorme: desde la muerte, el miedo o la escucha, hasta los rituales, el cuerpo o la ecología. Sin duda muchos de estos temas están por inaugurar en las escuelas españolas.

Podría hacer un repaso exhaustivo de cada uno de los epígrafes del libro, pero la idea fuerza de este brevísimo ensayo está (cosa fácil de adivinar viendo la portada) en la relación entre los dos libros de Laia Monserrat: Espiritualidad natural y Un cerezo en el balcón. A pesar de correr el riesgo de ir en contra de la intención de la autora agruparé los capítulos de la siguiente manera:

Espiritualidad natural: la educación espiritual de los niños
Lo pequeño
Lo sublime
El valor de maravillarse.
Escuchar. Hablar. Callar.
Ser nuestro cuerpo.
Simplificar.
La magia de lo cotidiano.
Emociones y ecología.
Favorecer y alentar los sueños.
Las tradiciones y los rituales.
El abuelito se ha ido, o cómo vivir la muerte.
Fluir.
Sentir la  unión entre todos los seres.
Un ejemplo vale más que muchas explicaciones.

Asumo una aparente arbitrariedad en el agrupamiento, pero el criterio aplicado es muy sencillo: las dos vías de acceso a la Trascendencia. O bien, sentirse perteneciente a un microcosmos y encontrar en lo pequeño la maravilla que nos trasciende; o bien, contemplar el misterio de lo que nos supera y, por tanto, nos trasciende. Como dice Kant: «Lo sublime ha de ser siempre grande»

Finalmente, el capítulo que sirve de gozne entre ambas obras: el valor del ejemplo. No transmitimos lo que sabemos, sino lo que somos. Seguramente que la intención de Laia Monserrat no era destacar ese capítulo por encima de los demás; pero desde la perspectiva de la educación de la interioridad en el contexto escolar se muestra absolutamente fundamental para el futuro, no tanto de los proyectos de interioridad como de nuestros colegios en clave de pedagogías activas innovadoras.

Dejaré a un lado las disquisiciones terminológicas entre espiritualidad e interioridad. Aceptando la sinonimia de uso, aunque para mí sea evidente que ‘espiritualidad’ es un concepto cultural e ‘interioridad’ es un concepto antropológico (por eso hay una interioridad y múltiples espiritualidades). Entendiendo ‘cultural’ no de forma peyorativa, sino como segunda naturaleza en términos de Ortega. Al añadírsele el adjetivo ‘natural’ se quiere destacar que estamos hablando de una espiritualidad no inserta en ninguna tradición religiosa, pero que tiene bastantes puntos en común con lo que se suelen llaman las religiones ancestrales. Lo importante, en el caso que nos ocupa, es la petición de principio: los niños nacen con la intrínseca capacidad del desarrollo espiritual.

Hay una breve advertencia que hemos de hacer antes de comenzar: tanto la escuela como la familia pueden estar en perfecta consonancia con una propuesta de educación de la interioridad y, sin embargo, no asistir a un proceso educativo exitoso. Porque como dice el refrán africano: «Para educar a un niño es necesaria toda la tribu» Y mucho me temo que nuestra tribu, la sociedad occidental del siglo XXI, no está muy por la labor.

b) Para educar la espiritualidad natural de los niños…
Lo pequeño
Dentro de esta categoría incluimos todo aquello que se puede hacer rutina y es bueno que así sea. Son las actitudes que favorecen que el niño tenga una dimensión interior desarrollada a favor de su maduración. Hacer las cosas sencillas y bellas, poner delicadeza en cada una de las cosas que hacemos en el día a día y dar valor a los detalles, favorece una actitud contemplativa.

Vivir el día a día sin prisas es, sin duda, una de las mejores herencias que podemos dejar a nuestros niños para su salud física y emocional. Son especialmente interesantes las ideas prácticas acerca del silencio y la escucha.Pero también en lo relativo a la comida, el cuidado, la delicadeza. La escucha de los más pequeños reporta grandes satisfacciones tanto al niño como al adulto, que es capaz de descubrir todo lo que tienen en común. Compartir con ellos pequeñas confidencias, harán capaz al niño de compartir sus sentimientos y podremos huir de preguntas demasiado inquisitivas que, con frecuencia, ocultan juicios de intenciones.

Comúnmente, en la naturaleza vamos a encontrar el contexto adecuado, pero la magia de lo cotidiano está en cualquier instante;aunque vivamos inmersos en el asfalto. La actitud filosófica, tan propia de los niños, está en no dejar de sorprenderse y preguntarse con curiosidad por qué suceden las cosas que nos rodean. En este terreno, es casi más importante conocer lo que no debemos hacer; pues en ellos emerge la creatividad y la pregunta casi sin esfuerzo. Un esfuerzo por desenchufar a los niños de las pantallas y enchufarles a la tierra dará, sin duda, sus frutos.

Los mensajes negativos, o negativizadores, que lanzamos de forma inconsciente sobre los niños les inocula la lógica de la culpa. Desde un punto de vista psicológico, es necesario tener sentido de la culpa para poder vivir con otros y aprender a distinguir el bien del mal de forma natural y sin teologizaciones. Sin embargo, la sobreprotección y los mensajes infantilizadores alejan al niño de un sano desarrollo del ego.Cuando los mensajes que se lanzan a los niños van en torno a su imagen y a su cuerpo estamos poniendo en riesgo su salud emocional. (Es especialmente doloroso para mí, asistir a la erotización de las niñas por parte de los medios de comunicación y por parte de los propios padres que se han creído aquello de que una niña de cinco años con maquillaje y minifalda está muy “mona”)

Es fantástico descubrir con los pequeños que pueden controlar su cuerpo. “Mira lo que hago” Y asistir a cada uno de sus avances es algo memorable. Pero para mí hay dos momentos con especial significado: la primera vez que cierra los ojos de forma relajada y cuando toma aire por la nariz realizando una inspiración profunda.

Finalmente, simplificar; es decir, no dramatizar y complejizar su mundo. Aceptar sus sencillas normas y leyes lógicas. Hay un montón de asuntos de los adultos que no han de contaminar el mundo del niño; por eso, hemos de tener la firme convicción de querer tener unos niños autónomos (evidentemente a su nivel), capaces de hacerse cargo: dejar que tomen pequeñas decisiones, que se equivoquen… y, por encima de todo, no les sepultemos el espíritu de cosas, de objetos tan caros como inútiles. Acordémonos del magnífico juguete que puede llegar a ser una caja de cartón en la mañana de Reyes.

Lo sublime
Dentro de esta categoría incluimos aquellos acontecimientos y situaciones que nos colocan frente a lo extraordinario. Evidentemente son momentos puntuales que, pueden ser o no, experiencias configuradoras; pero que por su propia naturaleza nos sitúan con la mirada más allá de nosotros mismos. Sencillamente, nos trascienden, nos superan. 

Los rituales y las tradiciones pueden parecer una contradicción que estén en este apartado, porque se definen precisamente por la repetición. Sin embargo, son un momento especial dentro de la rutina. Las tradiciones y los rituales tienen un plus de sentido y de memoria que destaca el componente emocional. Quien transmite dicha tradición o ritual está intentando conectar realidades diferentes: una presente y otra ausente, mediante un símbolo o un gesto sencillo quebusca trascender la realidad presente y recordarnos en lo cotidiano lo trascendente. Quizá no en todas las ocasiones, pero el ritual cuando hace esa conexión entre lo presente y lo trascendente nos hace sentir ante lo sublime.

Ante la muerte nos colocamos en la realidad más profunda. La vía de lo sublime es aquí evidente: se une a la admiración, el temblor. El niño vive la muerte de los seres cercanos con curiosidad y con las emociones que ve en sus padres o en los adultos que le rodean. Es quizá el último tabú de nuestra sociedad contemporánea. Se quiere vivir una muerte aséptica, alejada de lo cotidiano. Y cuando nos toca o nos roza la enfermedad y la muerte, las reacciones son muy variadas. A los niños no hemos de alejarlos de esas vivencias. Carmen Pellicer, teóloga y pedagoga, afirma que cuando los adultos pasan situaciones de crisis, vuelven a nutrirse del equipamiento personal que forjaron en la primera infancia; por eso es importante dotar de sentido esa experiencia. Es importante huir de dos extremos: la banalización y el dramatismo. Si dotamos del sentido y afecto a los últimos momentos y al momento de la pérdida, puede ser una gran lección de ética del cuidado (en la enfermedad) y de acercamiento al misterio de la Vida de lo que  nos trasciende.

No se trata de limitar la vida de los niños, más bien al contrario alentar los sueños. Fomentar la inmensa capacidad evocadora de los niños. Es extraordinariamente valioso para este fin la expresión artística: una puerta a esa otra realidad que asoma desde el interior del niño. Cuando el lenguaje de la palabra no está totalmente maduro son otros lenguajes los que tienen la iniciativa y el protagonismo, para expresar la dimensión interior del niño. También es educable la recepción estética y los momentos de extrañamiento ante la experiencia estética. La contemplación de la belleza, «el cielo estrellado sobre mí» que decía Kant le llenaba el ánimo de admiración.

A pesar de contemplar lo sublime, los niños pequeños muy pequeños no tienen miedo. Viven confiados. A medida que van creciendo y se van haciendo conscientes de la realidad que les rodea van tomando actitudes de miedo. Pero es necesario gestionar momentos de más tensión y momentos de mayor fluidez. Cobra especial importancia la creación de un ambiente cordial y generar la posibilidad de expresar los miedos. Los momentos de comunicación de los miedos, ofreciendo escucha y comprensión otorgan una experiencia de corazón con corazón que les ayudará a ir aceptando lo que va sucediendo. Aprender a relajarse, a disfrutar de lo que en principio daba miedo, refuerza la confianza y las relaciones seguras de forma incondicional. Entonces podemos decir que la vida fluye.

Para los más pequeños el nexo con la madre es absolutamente natural. A medida que vamos construyendo nuestro ego, vamos creciendo en separación; pero mantenemos la nostalgia de la conexión con todos los seres. Los momentos en los que somos capaces de recuperar esa unidad hemos de nombrarlo y hacer conscientes momentos de unión: ya sean experiencias de conexión con la naturaleza o de solidaridad con los demás. No será difícil para ellos percibir el fino hilo que nos une a todos.

c)…es necesario tener un cerezo en el balcón
La experiencia personal que es ejemplo
El primer paso para educar en una espiritualidad natural es asumir que necesitaremos llevar toda una vida de aprendizaje. Llevar una vida positiva y espiritual donde haya momentos en los que no haya que decir muchas palabras. Será útil asumir que no llevamos una vida perfecta, que la vida tiene sus luces y sus sombras; pero que seamos sinceros: es realmente frustrante y poco creíble intentar transmitir algo que realmente no llevamos a la práctica.

Por eso mi segunda lectura fue Un cerezo en el balcón. Practicar zen la ciudad. Un pequeño librito que da consejos para realizar ejercicios de meditación en la ciudad. Es un librito casi poético, hecho con delicadeza, que tiene como hilo conductor el personaje autobiográfico del cerezo: el tronco, la poda, las hojas, la sombra… cualquier detalle sirve como metáfora del proceso de meditación zen. Éste carácter autobiográfico es el mayor argumento de credibilidad de la obra anteriormente comentada: La educación espiritual de los  niños.

Durante mucho tiempo la educación ha estado basada en el discurso; sin embargo, la educación de la interioridad es imposible sostenerla en la expresión oral. No se puede enseñar a meditar y a disfrutar del silencio si uno no lo practica.

Los apartados que aborda Laia Monserrat en Un cerezo en el balcón van más allá de la práctica del zen y abordan algunos de los temas clave también en educación. Si nos centramos en la figura del maestro y de su coherencia personal como elementos fundamentales de su labor, entenderemos el horizonte interpretativo que propongo en esta lectura.

Los retos de la educación y las diferentes derivas legislativas le obligan al maestro a mantener una postura de anclaje a la realidad del alumnado. Cuando observamos a alguien meditando, estamos percibiendo mucho más que la mera quietud. Eso mismo sería deseable al ver al educador.

Con frecuencia habremos de respirar profundo, tomar aire e intentar no caer en el ritmo estresante de nuestras escuelas. Si no es posible frenar de repente el ritmo escolar, que al menos seamos capaces de generar espacios verdes, de oxigenación, donde alumnos, educadores y familias puedan tomarse un respiro. Para dejarse respirar como lo haría el meditante y ser capaces de dejar a un lado todo lo aprendido para únicamente ser.

Parece que el silencio ha sido siempre una obsesión de la escuela moderna; sin embargo, mientras que el miedo y la amenaza aseguraban un silencio exterior, el interior podía estar lleno de ruidos. Eso no importaba. Hoy sabemos que el silencio exterior no garantiza el aprendizaje, es mucho más importante la estabilidad emocional y la paz interior. Por eso hemos alimentar desde la infancia el gusto por el silencio. Que haya momentos de silencio buscado, para que el maestro pueda mostrarles el camino del silencio al Silencio.

Uno de los mayores retos del educador es mantenerse en el momento presente. Inmerso en una labor de revisión y programación diaria, ha de ser capaz de dejarse llevar por los niños al momento presente, disfrutar, saborear cada conexión con los alumnos. Ser capaz de hacer borrón y cuenta nueva, haciendo nuevo cada encuentro y darle a la Vida una oportunidad en cada clase. Sólo desde el momento presente se puede hacer consciente de la Plenitud que nos trasciende. Sólo desde ese anclaje soportaremos el oleaje.

Tanto para el que medita como para el educador, es un reto ser capaz de desprenderse de todo lo que  no forma parte de nuestro auténtico yo. Los pensamientos, los sentimientos, las situaciones problemáticas de cada día… hay que dejarlos pasar. No porque queramos dejar a un lado la responsabilidad ante las situaciones, sino porque no se identifican con nuestro yo. Cuando ponemos el alma en lo que hacemos (y educar es una tarea que exige poner el alma), es difícil tener la libertad del desapego.

La realidad es que el educador en pocas ocasiones puede disfrutar de la guía de un maestro. Una vez que cierra la puerta del aula se enfrenta en solitario al reto de la acción educativa. Con frecuencia, el desconcierto o la desorientación acuden al educador. No necesitamos alguien que nos solucione todos los problemas, o un psicólogo clínico que nos diagnostique (bueno, a lo mejor sí; pero será la minoría), necesitaremos alguien que nos acompañe. En ocasiones, será un compañero más veterano, o alguien externo al mundo de la escuela, o un director… pero lo fundamental es que nos ayude a crecer interiormente desde el compartir sencillo de su propia experiencia personal. Tanto el educador como el que medita necesitan un maestro.

El encuentro con la propia sombra es, sin duda, el tema clave para el que medita; pero también para el educador. Quizá, en primer lugar, el educador ha ser consciente de que tiene un cuarto oscuro donde va depositando todo lo que le incomoda, le acompleja, le frustra, le crispa… Y más aún, ese cuarto oscuro funciona como filtro de su percepción de la realidad, incluidos sus alumnos. Si te encuentras con un alumno que consigue hacerte perder la paciencia, piensa que hay en ti de él y quizá encuentres el verdadero motivo y el primer paso para superar tal situación. Por eso, hacernos conscientes de nuestro material inconsciente es fundamental, tanto para el educador como para quien medita, para así hacer del inconsciente una fuente de creatividad y de Vida.

Al igual que en la meditación la clave no está en el momento de la sentada, sino en el resto de la vida. El zen comienza al levantarse del cojín. Lo cotidiano del educador no termina cuando sale del aula o de la escuela. El educador lo es a jornada completa: en sus relaciones, en sus finanzas, en su consumo… Hay una forma de vida que hace de la tarea del educador un estilo y ello nos aportará una gran sensación de coherencia y plenitud.

Finalmente, es enriquecedor darse cuenta de que las cualidades de quien practica zen, pueden ser tratadas también desde la perspectiva del educador. Por tanto, podemos decir que el horizonte es la síntesis: que los educadores sean capaces de introducir en su vida dinamismos de meditación, para tener enriquecer su vida y su labor educadora.

d) Concluyendo
Parece una obviedad concluir la conexión entre la educación de la espiritualidad natural (o de la interioridad) y los procesos personales de crecimiento interior del educador. Pero en el caso concreto de los dos libros que nos ocupan, se nos enriquece la relación desde la perspectiva de los educadores (padres y maestros) y proporcionando un camino concreto de crecimiento interior como es la meditación zen en el ámbito urbano. Estoy seguro de que esta conexión la podemos rastrear en todas las tradiciones educativas carismáticas en nuestra geografía; pero no está demás mostrar que existen algunas estructuras universalizables y se pueden mantener por muy lejanos que nos suenen sus contextos, como es el caso del zen.

Terminaré citando a Antonio Botana, fsc. cuando en “Itinerario del educador” explica los pilares sobre los que Juan Bautista de La Salle  configura su proyecto educativo. Dice allí que una de las características de la identidad del educador, ha de ser:

–Hombre interior: Porque sólo el hombre interior tiene capacidad de escucha; sólo él puede distinguir lo aparente de lo auténtico; sólo él puede estar abierto a las necesidades de los otros y dejarse conmover por ellas. Esa interioridad alcanza su culmen en el hombre “lleno de Dios”, el hombre que vive y camina “en la presencia de Dios”; que ha descubierto a Dios revelándosele en su historia cotidiana y de manera especial en los niños y jóvenes a los que ha de servir.

Efectivamente, no cabe duda, hay una evidente conexión para Juan de La Salle: es imprescindible que el maestro de sus escuelas tenga una cultivada dimensión interior; aunque la regla original de los hermanos no citase como necesario que las comunidades tuviesen un cerezo en el balcón.

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