¿Qué tiene que ver Dios con una tetera?

No sé si esta entrada marca el enésimo reinicio de este quijotesco blog, pero mi forma de ser no permite dar negativas a peticiones particulares; así que agradezco volver a los orígenes más filosóficos de este espacio con uno de los grandes de la historia del pensamiento.



A mediados del siglo XX (1952) la revista Ilustrated le encargó un artículo al que hacía un par de años acababa de ganar el premio Nobel de Literatura. Sin embargo, sir Bertrand Arthur William Russell (1872-1970) no sólo fue escritor. Destacó como filósofo, matemático, lógico (imposible no recordar la famosa paradoja que lleva su nombre a partir de la teoría de conjuntos de Cantor) y activista social. Su gran aportación fue la filosofía analítica y, aunque el giro lingüístico se le suele atribuir a Ludwig Wittgentein, Gottlob Frege y otros, éste hubiera sido imposible sin las aportaciones de Russell.

Aquel artículo no dejaría de ser uno más de los muchos que escribió un filósofo que conocío la fama en vida, de no ser porque no llegó a publicarse (tal circunstancia añade el condimento de misterio siempre necesario para alimentar nuestro morbo) El título era: "¿Existe Dios?" Con innegable ingenio la intención de tal artículo era trasladar la responsabilidad de la prueba a los creyentes. No es el escéptico quien tiene que esforzarse en refutar los argumentos de la religión, sino que es la religión quien ha de afinar sus argumentos.  El motivo: los argumentos de la religión son infalsables y por ello caen en una de las más antiguas falacias de la lógica informal, la falacia ad ignorantiam. 

¿En qué consiste esta falacia? Una falacia es un argumento que tiene apariencia de ser válido, pero no lo es. No estamos hablando de si es verdadero o no, estamos hablando de la forma del argumento y por tanto de su validez formal. La falacia, además, presupone o intencionalidad o torpeza en el razonamiento. No habla para nada de la verdad o falsedad de la conclusión, esto es muy importante. La falacia ad ignorantiam, en concreto, define al argumento que defiende la verdad o falsedad de una proposición porque no se ha podido demostrar lo contrario. Pues bien, Russell en su artículo afirma que las afirmaciones de la religión, comenzando por la propia existencia de Dios, cometen esta falacia. Para explicarlo propone un ejemplo y razona por analogía: si yo afirmo que existe una tetera en el espacio tan pequeña, tan pequeña, que no es posible observarla a través de ningún telescopio, nadie podría refutar mi afirmación. Si refuerzo mi argumento diciendo que ya venía escrito en los libros más antiguos por muy sabios personajes (falacia ad verecundiam o recurso de autoridad) y además se lo enseño a los niños en la escuela, estoy obligando a todo aquel que tenga la osadía de negar la existencia de tal tetera a tener que probar su inexistencia, cuando en realidad habría de ser lo contrario lo que habría de probarse.

¿Era Russell ateo? Tenemos la suerte de tratar de un filósofo muy longevo (97 años) que murió avanzado el siglo XX y que además escribió una autobiografía cuya última página corresponde a los 80 años. Confiesa que de joven el argumento ontológico (la prueba de san Anselmo sobre la existencia de Dios) le pareció consistente, pero posteriormente ante el público general se presentaba como ateo. Después, matizará y confirmará su animadversión a los efectos negativos de la religión en la humanidad y su crítica a la moral victoriana; pero ante un público versado en filosofía, admite, se presentaría como agnóstico. No sabemos si en sus últimos años de vida cambió de opinión, pero es probable que estuviese más influido de lo que parece de las prevenciones kantianas ante la metafísica.

Kant en la Crítica de la razón pura concluyó la imposibilidad de la metafísica (lo que incluye el problema de la existencia de Dios) como ciencia a causa del tipo de juicios que empleaba. Por tanto, desde la razón pura el ser humano no puede afrontar el problema de Dios y la postura más razonable desde la razón pura es el escepticismo. Cuando la razón pura se extralimita termina en aporías o paralogismos. Por eso, Kant desplaza el problema a la razón práctica: Dios aparece entonces como fundamento ético. El planteamiento es muy similar para muchos de los autores del giro lingüístico, pues ven en los enunciados de la metafísica, enunciados vacíos que generan pseudoproblemas filosóficos. El problema es que para Russell era inaceptable la hipótesis de Dios como fundamento ético, es decir, los juicios de la razón práctica a partir de la moral y la historia le alejaban aún más de Dios, que no le era necesario para mantener un firme compromiso por la paz.

Necesitaría Russell quizá un pequeño empujón hacia la razón poética de María Zambrano que reconocía que la filosofía es pregunta, pero la poesía es respuesta. El ser humano es un ser histórico, pero es también un ser que padece su trascendencia, destinado a trascenderse, en búsqueda constante de una esencia inasible y sagrada. La razón poética que se da como acción metafórica y como acción creadora de realidades que se “dan a luz” constantemente desde el ser, como desde el oscuro y metálico vientre de una maternal tetera se da a luz cada taza de té.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Educación de la interioridad: educar desde las experiencias que nos trascienden

Dilema de Amor (cumbia epistemológica)

Educación de la interioridad y mindfulness