Educación de la interioridad: educar desde las experiencias que nos trascienden

Recientemente me pedían formación en interioridad para un claustro de profesores: “Nosotros ya trabajamos la respiración, el silencio y la atención; necesitaríamos formación para trabajar la dimensión emocional. Todavía estamos lejos de abordar el tema de la trascendencia, así que de eso, mejor no.”  No quiero dar más detalles del diálogo posterior, ni aportar más contexto, pues cada situación también tiene una intrahistoria; pero sí me sirve de excusa para afirmar de forma rotunda: no se puede prescindir de educar desde las experiencias que nos trascienden, si queremos tomarnos en serio la educación de la interioridad. Simplemente no se puede.

Sólo en nuestra mente separadora es posible hacer este tipo de escisiones en etapas. Gracias a nuestro paradigma posmoderno y a las teorías de la complejidad sabemos que la realidad no responde a caminos lineales en los que la etapa dos va después de la uno. Todo está conectado con todo y sólo en nuestra mente sigue teniendo vigor el esquema clásico de causa y efecto. Pero este intento separador es aún más ridículo en educación: cuando tenemos al alumno delante, tenemos a una persona frente a otra con toda su globalidad. No existe una educación de bisturí, ceñida a unos aspectos antropológicos concretos, ni una educación aséptica ceñida a contenidos académicos en la que dejamos la dimensión personal aparte para dar paso a la mentalidad científica. (Es famosa la anécdota de aquel inspector de educación que, en tiempos de la República española, salía de una pequeña escuela de religiosos en Asturias maldiciendo: ¡Malditos frailes, hasta enseñando matemáticas predican el Evangelio!) El primer paso es reconocer que incluso cuando queremos no educar estamos educando. Si frenamos situaciones para no abordar determinados temas por un falso respeto a las situaciones personales, estaremos transmitiendo un mensaje de impotencia y cobardía. Los adolescentes son expertos en leer este tipo de mensajes implícitos. Para nuestros alumnos la educación es un encuentro entre personas y hemos de arriesgar en ese encuentro para poder educar con autenticidad desde todas las experiencias de la vida. 

Todos vivimos experiencias que nos trascienden, que nos superan. Nuestros alumnos también viven la experiencia del duelo, de la ruptura, del vínculo de apego, de la fascinación estética, del enamoramiento y, cómo no, la experiencia religiosa. No reconocer este hecho es una negligencia educativa de graves consecuencias. Declinar la responsabilidad educativa de la escuela en las experiencias que nos trascienden es una irresponsabilidad. Ahora bien, dependerá del horizonte de lectura que haga cada uno para que se pueda des-velar un relato personal creyente o no. Este es ya un tema aparte. Cada proyecto de interioridad deberá examinar qué respuesta de sentido, acorde con su proyecto educativo, ofrece a sus alumnos ante tales experiencias y cómo lo acompaña.

Pero en la escuela católica hemos de clarificar, al menos entre los educadores, que las experiencias de trascendencia nos pueden llevar de la mano a las experiencias de la Trascendencia. Cuando trabajamos la respiración y vivimos la experiencia de la respiración profunda, ¿no estamos siendo respirados por la santa ruah? Cuando hacemos trabajo corporal: nos movemos, bailamos, expresamos con nuestros gestos, ¿no estamos caminando de la sarx al soma (de la carne al Cuerpo)? Cuando miramos de frente nuestra propia sombra y lloramos de amargura, ¿no estamos llorando en Getsemaní? Por coherencia con la propia identidad de la escuela católica, hemos de ofrecer nuestro relato creyente a las experiencias de interioridad que se viven en nuestra escuela y acompañar todas las experiencias de trascendencia sea como sea el relato que narran nuestros alumnos, sea cual fuere el horizonte de lectura, el estilo, la pluma, la trama existencial... hemos de ser el Sancho que acompasa el caminar con cualquiera que se atreva a ser Quijote. 

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