Educación de la interioridad y mindfulness

Un desafortunado antojo informático hizo que no se publicase mi comentario en el blog de Elena Andrés (“Regreso a casa: educar la interioridad” en la entrada “Educación de la Interioridad como Paradigma educativo y Mindfulness”) donde se lanzaba la pregunta: “¿Tiene sentido incluir una formación específica en Mindfulness para todo el claustro?” Ahora me veo en la obligación de profundizar un poco la cuestión aquí.


La experiencia de mi centro es buena, pero cuidando algunos detalles importantes en el proceso. En primer lugar, el planteamiento fue formar a un grupo pequeño de profesores en diferentes técnicas de mindfulness durante un trimestre. Como la experiencia formativa fue positiva e ilusionó a ese grupo de profesores, se fue formando con pequeñas micro-experiencias al resto del claustro. En segundo lugar, en el curso siguiente se fueron introduciendo rutinas de meditación entre el alumnado en todo el centro. El resultado es positivo en general por las siguientes razones: uno, hemos sumado como protagonistas del proyecto de interioridad a algunos profesores diferentes a los habituales; dos, se ha enriquecido el proyecto de interioridad en las sesiones y talleres que seguimos realizando; tres, hemos iniciado el trabajo de rutinas, con lo que el trabajo de interioridad está más presente en el día a día. 

Evidentemente que el mindfulness no es ninguna panacea para la escuela; aunque nos aporta una buena clave: es necesario bajar el ritmo escolar. Sin embargo, cometeríamos un grave error si pretendiésemos sustituir todo un proyecto de interioridad por prácticas de mindfulness. Podemos dejarnos llevar por la sensación de éxito educativo que genera la aceptación de buen grado de los alumnos de las técnicas de trabajo de la atención y de relajación. Si no somos capaces de ir más allá, nos estaríamos quedando en el aperitivo de un gran banquete. Dejar de lado el trabajo corporal, la integración emocional y las experiencias que nos trascienden, es vanalizar la educación de la interioridad: algo aún más dramático que no tener proyecto de interioridad es hacer de ello algo superficial y olvidar los objetivos propios de la educación de la interioridad: la integridad de la persona y su apertura. 

Trabajar la educación de la interioridad es como trabajar en la construcción de una catedral, una catedral gótica pongamos por caso: es un proceso lento y cuidadoso, bello pero sin resultados inmediatos en el que vamos combinando estructuras de soporte y espacios vacíos. El mindfulness no sería más que un arbotante de nuestra catedral. Algo externo que puede cumplir una buena función de refuerzo de la estructura, pero que es prescindible (de hecho las catedrales románicas no tenían arbotantes y eran auténticas catedrales) desde una perspectiva de conjunto. 

No obstante el verdadero quid de la cuestión es la palabra “paradigma”. Encuadrar la escuela en el paradigma de la interioridad es asumir un estilo educativo en el que todo elemento concerniente a la acción educativa se pone en función de un estilo armónico con la educación de la interioridad. Y nótese que no estamos diciendo que haya que absolutizar el proyecto sino que hemos de asumir un paradigma nuevo: una forma de hacer, de programar, de pensar, de relacionarse… en el que no sólo el mindfulness forma parte de esa maravilla de catedral sino que toda la escuela es interioridad.

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