El carácter estratégico de la educación de la interioridad en la innovación pedagógica

Cada pocos meses se celebra en mi ciudad un encuentro con algunos de los más conocidos protagonistas de la innovación educativa. El resultado: desigual. Algunos son capaces de estar todo el tiempo del mundo con discursos totalmente vacíos, dando vueltas y más vueltas a auténticos topicazos; otros son los mayores expertos en neurociencia (o neuroeducación, como se llama ahora) y vienen cargados con un montón de conclusiones todas ellas muy “científicas”: verificables en un contexto determinado. A pesar de que haya sonado irónico, hay que tomarse en serio sus conclusiones, pues la mayor parte de las veces nos aportan interesantes líneas de acción. De entre estos, los hay que son capaces atinar en la diana casi sin querer tirando del hilo de Francisco Mora: “El cerebro sólo aprende si hay emoción”. En el momento en el que la innovación educativa pone en el centro de su discurso el factor humano, podemos asistir a verdaderas clases magistrales que justifican la absoluta centralidad de la educación de la interioridad. 

Entonces, ¿cuál es el problema, qué más podemos pedir? Pues que lo hagan explícito. No sé qué prejuicios o prevenciones asisten ante el término “interioridad”, pero parece que se pasa la línea de lo políticamente correcto cuando se menciona dicho término. Es posible que parte del problema se haya generado cuando se ha querido identificar “espiritualidad” (un concepto cultural) con “interioridad” (un concepto antropológico) y se han adherido al término prejuicios propios de la religión, lo que parece ser un problema para algunos de nuestros gurús de la educación. También es cierto que muchos se han esforzado por incorporar el concepto de “inteligencia espiritual” al vocabulario educativo reciente.  

A pesar todo, hay un notable consenso acerca de la relevancia de la educación emocional, pero se cae en un frustrante reduccionismo que no integra todas las dimensiones antropológicas del alumno. En principio, no debería ser muy problemático aceptar la expresión “interioridad” en ámbitos educativos, pues es un concepto presente en la filosofía de diversas corrientes. Pero se opta por términos propios de la psicología, o de la gnoseología lo cual vuelve a ser de nuevo un reduccionismo. 

Aunque no sea lo comúnmente escuchado, he de decir que los neurocientíficos no pueden estar de acuerdo con la teoría de las inteligencias múltiples que, a pesar de tener cierto valor explicativo, no se sostiene en el ámbito experimental. Quizá este sea el motivo por el que los otrora predicadores de la inteligencia espiritual, ahora han adoptado el término interioridad. Pero han hecho trampas, pues no han sacado las consecuencias propias de cambiar el modelo y no han variado ni un ápice su discurso.  

¿Qué repercusiones tiene esta problemática terminológica? Para los pragmáticos no debería importar gran cosa, pero es bien sabido por todos que la innovación educativa en nuestro país está desbocada: el descenso de natalidad y la competitividad han logrado que los esfuerzos de los centros educativos vayan en la línea de destacar casi como lo haría un adolescente. Toda la educación se ha convertido en excesivamente pragmática. 

La educación de la interioridad ha venido a centrar los esfuerzos de los centros educativos en torno a lo realmente importante: el alumno. Al esforzarnos por integrar todas las dimensiones del alumno, estamos esforzándonos por integrar de forma coherente la escuela. Si no hay equilibrio y coherencia en nuestra apuesta pedagógica será imposible que eduquemos en la interioridad, por eso es un fantástico indicador a la hora de evaluar los centros educativos. He aquí la relevancia de la exactitud terminológica y he aquí el carácter estratégico de la educación de la interioridad.

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