Hacia una teología de la interioridad

¿Es deseable una teología de la interioridad?

Con frecuencia damos por sentado que establecer un discurso racional acerca de la experiencia tiene consecuencias positivas y, además, parece inevitable dada la condición racional del ser humano. No obstante, hemos de estar alerta ante la posibilidad de establecer una teología de cualquiera que sea su objeto de estudio, no por la teología misma, sino por aparecer en singular. No es deseable establecer una única teología de nada. Ni siquiera en el Nuevo Testamento hay una única teología acerca de la experiencia de Jesucristo. Ante la pregunta: ¿Quién fue Jesús de Nazareth? Podemos encontrar una teología más especulativa en las cartas de Pablo y una teología más narrativa en los evangelios. Hablamos, por tanto, de teologías. La revelación es siempre progresiva y parcial. Necesitamos la diversidad de perspectivas. Por eso, no es deseable cercenar el diálolgo de entrada, ni aspirar a una visión única de la  realidad: la realidad, también la teológica, es poliédrica y compleja. 



¿Qué teología es deseable?

En primer lugar hemos de puntualizar: hacer teología de la interioridad, no es hacer teología de la educación de la interioridad. El discurso teológico más apegado al neotomismo ha intentado “teologizar” la educación de la interioridad es un intento estéril de poner el dogma y las categorías propias del aparato filosófico por encima de la experiencia educativa, pero es evidente que la educación de la interioridad, a pesar de tener una teología implícita, no puede entrar en diálogo con la teología por ser disciplinas de diferente nivel epistemológico. La educación de la interioridad es un saber práctico (quien no se ha descalzado, puesto el chándal y tumbado en una esterilla difícilmente puede hablar de educación de la interioridad con rigor), mientras que la teología es puramente especulativa. Por otro lado, la educación de la interioridad es un saber de segundo grado (es “de algo”), mientras que la teología es un saber de primer grado. Por tanto, cada vez que se ha intentado forzar este “diálogo”, la teología ha hablado, pero la educación de la interioridad no ha tenido mucho o nada que decir porque, sencillamente, en términos de Habermas: no se daban las condiciones propias de la acción comunicativa.  

En tanto que dimensión antropológica, es posible hacer teología de la interioridad como una especificidad de la antropología teológica, es decir, del mismo modo que podemos hacer teología de la imaginación, de la memoria, de la voluntad… convirtiendo la teología aquí en un saber de segundo grado; pero por este camino el desarrollo sería más bien corto. Ahora bien, podemos hacer también teología del fundamento humano que posibilita el desarrollo de la espiritualidad. ¿Podemos vislumbrar a Dios en esa “cuna del ser” que es la interioridad humana?

Una propuesta

El discurso teológico resultante de esa teología de la interioridad no puede articularse en cualquier discurso. En el paradigma posmoderno en el que nos movemos no es aceptable parapetarnos en categorías medievales, ni mostrarnos satisfechos con los intentos de sistematización propios de la Ilustración (ya sean categorizaciones kantianas o métodos propios de la dialéctica hegeliana…) La teología de la interioridad ha de estar acorde con las claves propias de la posmodernidad: narratividad, deconstrucción, no-dual, existencial, en consonancia con las aportaciones de la neurociencia, abierta a otras racionalidades y otros lenguajes…

Finalmente, veremos si contamos con la suficiente delicadeza para des-velar esa teología implícita de la educación de la interioridad sin dañar y en coherencia con la fenomenología de la interioridad: aceptar con humildad que el criterio de verdad ha de ser la experiencia más que el discurso.

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